martes 22.10.2019

«Aquí los versos no compiten, se comparten»

l. Ágora de la Poesía, Poesía en el Chelsea, en el Ateneo Varillas, en bares de barrio... la palabra toma la ciudad . planteada como una «asamblea urbana y poética, libre y abierta a cualquier persona que desee expresarse», el ágora que cada último viernes de mes se celebra frente a san marcos es la punta de lanza de otras iniciativas espontáneas que recuperan el verso como lugar de encuentro
«Aquí los versos no compiten,  se comparten»

Las palabras han roto las pantallas de ordenador y rasgado las hojas de papel impreso y se han echado a la calle. Es un fenómeno singular el que se está produciendo desde hace algunos meses: los versos sobrevuelan la ciudad como raros pájaros migratorios, entran y salen de bares y clubes, se posan un rato en las plazas, aletean y más tarde se elevan de nuevo. Ágora de la Poesía, Las noches de R. Burns en el pub Chelsea, el Ateneo Varillas… son nombres bajo los que se agrupan gentes decididas a abrir las jaulas en las que estaban encerrados los sonetos, décimas, haikus o poemas en prosa para convertirlos en verso libre. Sorprende por la feliz coincidencia en el tiempo de iniciativas de este calibre y por su singularmente nutrida acogida, más aún teniendo en cuenta el tópico carácter minoritario de la poesía. La más ‘visible’ de estas iniciativas, el Ágora, está reuniendo cada último viernes de mes en el anfiteatro de la plaza de San Marcos a cerca de sesenta personas sin importar la temperatura de la noche, sólo ansiosas por leer y compartir poemas de forma espontánea, amistosa y vibrante.

Los lemas que suele leer al comienzo de cada edición Sandra Sánchez, una de sus coordinadoras, son elocuentes: «Aquí nadie entra ni sale, está. No hay puertas». «Los versos no compiten, se comparten» o «lo importante no es el Ágora, sino la poesía. ¡Larga vida al Ágora». Y esta entusiasta de la palabra escrita y lanzada al viento explica al Diario que su objetivo «es llamar la atención, sobre todo por los tiempos que corren. Es un cachito de esperanza, un lugar donde fomentar la solidaridad y la alegría». Una incruenta pero no menos subversiva «revolución de la palabra» cuyo reto es el de permanecer incluso bajo las inclemencias, porque «llueva, granice o nieve, seguiremos demostramos que merecemos ser salvados».

Ramiro Pinto, escritor, activista social y dramaturgo, recuerda que el proyecto nació tras otro recital de poesía, el que ofrecía el Príncipe Contrahecho en el Bardalla, un viernes de abril. «Nos pusimos a hablar el Príncipe, Yolanda Prieto y yo: que si hay diversos ambientes poéticos pero muy cerrados, que si la poesía sensibiliza o no, que apenas hay espacios culturales… casi dos horas hasta que propusimos: ‘¿Y si hiciéramos algo diferente, en un espacio abierto?’». Después de algunos tiras y aflojas, y de constatar la existencia en León de lugares tan desaprovechados como el anfiteatro de la plaza de San Marcos, pusieron fecha: el 31 de mayo de 2013. «Pensamos que seríamos diez o como máximo, veinte. Pero corrió la voz... y hubo 64 asistentes. Con una linterna y a voz en grito». 

Decideron quedar el último viernes de cada mes... «durante 100 años». El Ayuntamiento puso la luz y un enchufe a partir del tercer encuentro. «Y Jesús García nos proporciona, gratis, un micrófono y un bafle de León Audio, lo cual es muy de agradecer», indica Pinto, quien también detalla la mecánica de estos actos: «A las 22.30 presentan Elena Fernández, Mara Díez y Sandra Sánchez, quien recita en cada edición unos versos de León Felipe que sirven de emblema (esos que se inician con ‘deshaced ese verso/ quitadle los caireles de la rima’ y que acaban con ‘aún tendremos el brillo y el aroma’) y mientras, Toño Morala ha mediado para otorgar la palabra, preguntando previamente quién quiere recitar o leer. Toma nota y da prioridad a quien no ha leído nunca. Se ofrece chocolate caliente, y bizcochos o leche frita que hace Yolanda Prieto para cada Ágora». Las reglas son, más que estrictas, justas: «En el Ágora todos tenemos el mismo tiempo, más o menos, para leer un  poema. Y no hay censura ni cortapisa alguna sobre lo que es, o no, poesía. Pero no es lugar para consignas políticas, aunque haya poemas que con ironía y verso  lanzan sus puyas, ni para largos textos en prosa... aunque a veces se han leído poéticas cartas de amor». Y a las doce de la noche cae el telón.

La buena acogida del Ágora ha sorprendido a sus impulsores. «A la primera acudieron 63 personas. Y después, cada vez más. En agosto llegamos a las 321. Podía llover a cántaros o estar a algunos grados bajo cero pero allí se daban cita entre 80 y 95 personas reunidas en torno a la poesía», asevera Pinto. Maestras, amas de casa, estudiantes, jubilados, limpiadoras, arquitectos, periodistas, trabajadores de banca, gente que pasaba por allí y se anima a leer un poema... y una vez hasta un electricista del ayuntamiento encargado de poner la luz. «Es algo asombroso».

Por su parte, Rafael Saravia, poeta y coordinador de actividades como Las noches de R. Burns, en el pub Chelsea, y otras, indica que el objetivo principal de esta acción «es acercar la cultura poética de León a otras ciudades y viceversa». «En un momento de crisis financiera y recortes gubernamentales, varios negocios locales han apostado por dar alas al panorama literario leonés, entendiendo que es una de las marcas de nuestra ciudad». «Los poetas que vienen de otros puntos de España se van encantados con el recibimiento y el respeto que reciben. Dicen que se nota que aquí gusta la poesía, y ya hay gente que asocia ‘vacaciones literarias’ con venir a visitar León. Sin duda la acogida está siendo maravillosa. Este género es, como decía Juan Ramón, para la inmensa minoría, y sin embargo, en el Chelsea, llenamos cada cita mensual. Creo que en León hay una filia especial por la palabra poética». Y es que, a su juicio, la poesía «nunca entendió de límites...». «Se mueve siempre entre fronteras borrosas, por eso se acomoda con agrado allí donde un grupo de lectores encuentra comodidad y complicidad». ¿Es que estamos asistiendo a una reivindicación de la poesía espontánea y libre, una poesía de los ciudadanos? Sandra Sánchez cree que sí: «La poesía se ha convertido en algo pastelero de las clases elitistas y en círculos políticamente correctos, cuando en realidad la poesía siempre perteneció al pueblo.... queremos recuperar las emociones y los sentimientos». Y Ramiro Pinto apostilla: «El mundo editorial siempre ha sido selectivo, elitista e injusto... pero hoy desde Internet se pueden lanzar los versos al mundo. Yo creo que esta eclosión de poesía es una reacción ante un sociedad cada vez más fría, calculadora, ‘emprendedora’, que no creativa, rutinaria en sus horarios.... se echa en falta sensibilidad, y la poesía es un camino para expresar esa honda soledad».

Pero el movimiento prosigue y ya ha alcanzado numerosos bares de barrio que en diversos puntos de la ciudad programan recitales poéticos, y afloran lugares abiertos no sólo a la métrica, también a cuestiones sociales de toda índole —el inquieto Ateneo Varillas al que, por entidad, dedicaremos otro espacio—, reuniones cuya única huella, como resume Pinto, «es la caricia que permite el verso».

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