viernes. 27.01.2023
el territorio del nómada |

Regreso a Región

En REYES SE CUMPLIERON VEINTE AÑOS DE LA MUERTE DE JUAN BENET, EL INGENIERO QUE SEMBRÓ LA PROVINCIA DE OBRAS HIDRÁULICAS, DESDE EL BIERZO AL PORMA PASANDO POR EL PÁRAMO.
El escritor e ingeniero Juan Benet, autor de ‘Volverás a Región’

Una tarde de principios de los ochenta, acudió Juan Benet a León, para participar en un acto de repulsa a los procesamientos por el campo de tiro del Teleno. Entonces andábamos camino del trullo el filósofo Tomás Pollán y yo, por toser alto en un asunto de logística militar. Respondiendo a la llamada de Carlos Suárez, que acababa de inaugurar con Max su colección de Cuadernos, Benet traía con él a Juan García Hortelano, a Manuel Vicent y a Eduardo Chamorro. Iban de gira por el norte y bajaban inspirados de comer en la Venta de Remellán.

Después de un paseo por el Húmedo, en cuyo recorrido dio muestras de su memoria puntillosa con cada recoveco de aquella cartografía del vino, acudimos al acto público en El Albéitar. Recuerdo en el público, entre muchos jóvenes, al profesor Cordero del Campillo, que todavía no era rector. Oficiada la sesión con mucho regocijo, volvimos al Húmedo para cenar en San Martín. Luego, de camino al Oliden, nos recitó la alineación completa de la lápida lateral de San Marcelo, donde figuran santa Nonia y sus doce hijos mártires.

EL TERRITORIO DEL NUMA

Juan Benet ya había publicado entonces su ciclo fundacional de Región, el mítico espacio novelesco cuya forja le llevó toda una década. «En realidad —escribiría años más tarde— el objeto final de Región es dar albergue al Numa. Yo no lo podía situar en Zamora o León; puestos a hacer una cosa legendaria, había que darle un carácter propio y dotarlo de un territorio». Para esa encomienda, acuciada por la lectura de Faulkner, el novelista no quiere apartarse de lo que descubre en la montaña del Porma: «Ni de la botánica, ni de la fauna, ni de la topografía, ni del clima».

En 1956, llega a Ponferrada, se establece en el Madrid y apura su descubrimiento de la comarca. Trabaja en los canales de Cornatel y Queroño, estudia violín y descubre la novela Los páramos (Os sertôes), de Euclides da Cunha, cuya lectura le permite ir entendiendo el habla de los obreros portugueses y sobre todo le da la pauta de cómo abordar una historia narrativa poderosa «que no se limitaba a las aventuras de una pareja o de una cuadrilla de guerrilleros, sino que había que explicarla por las condiciones topográficas».

En ese momento, Benet ya tiene la primera versión de su novela, que entonces se llama El guarda. Es un texto faulkneriano y alejado del costumbrismo realista que practican sus amigos Ferlosio o Martín Santos, pero todavía le falta el escenario, ese territorio mítico que sólo alumbrará durante su residencia en la montaña del Porma.

En el Bierzo vive tres años y allí nace Ramón, su hijo mayor. Luego, se traslada a Oviedo, donde nace Nicolás. Se encarga de doblar la vía del tren entre Lugo de Llanera y Villabona. Muy cerca, descubre el lugar donde murió en accidente ferroviario Cirilo Benítez, ingeniero como él y profesor de matemáticas por libre con Gallego Díaz. Años más tarde, evocará su figura fascinante en las páginas memoriales de Otoño en Madrid hacia 1950.

LA PATRIA DE LA RUINA

En el verano de 1961 ve la luz el libro de relatos Nunca llegarás a nada, publicado a su costa con el sello editorial de Giner, mientras recorre la montaña leonesa, desde Leiteriegos a San Isidro. Según su amigo Hortelano, el libro «pasa completamente inadvertido, salvo para el poeta Ángel González». Entonces reside en el parador de Pajares, donde también da remate al ensayo La inspiración y el estilo, que con una muda barojiana del título publica en 1965 Revista de Occidente. En el otoño se traslada a la Venta de Remellán, mientras construye su casa en un prado a pie de presa. Además del embalse, acomete la variante de la carretera hacia Puebla de Lillo y el trasvase de aguas desde el Curueño. Nacen sus hijos Juana (1961) y Eugenio (1962). En 1964 da remate a Volverás a Región, que pasa inadvertida en el Nadal de 1965.

El encuentro con la montaña leonesa le había proporcionado el escenario que necesitaba su universo literario. Allí sitúa la desventura de la España resultante de la guerra, escrita con una prosa arborescente y un despliegue de topónimos que seduce al lector. El mito del guarda del bosque que dispara a quien profana su territorio adquiere una nueva dimensión en este espacio ominoso.

En la novela, la hija de un militar franquista llega a Región a visitar la casa del médico, en busca de su ahijado, con quien vivió hace años una historia pasional. Se va antes del alba y entonces el muchacho trastornado mata al doctor, convencido de que la visitante era su madre. Benet había perdido a su padre en la guerra, paseado por una partida de anarquistas.

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