viernes 3/12/21

A la altura de Arcahueja, haciendo a pie una etapa de senda jacobea entre Puentevillarente y Trobajo (más que nada, por hacer cuerpo galán de andorga voraz y recibir en premio un pollastre que divinizó en la cazuela de estofar la mujer de Gil), nos cruzamos con la gente típica y variopinta que anda sendereando este camino del jubileo compostelano en año jubilar, o sea, las obligadas japonesas, dos holandeses vetustos, unos gabachos de silencio y gesto desdeñoso, garotas brasileiras con dos garimpeiros de respeto, un inglés a su bola, tipos indescifrables de mucho mochilón y paso apresurado para llegar los primeros al albergue de la sopa boba y, en fin, toda esa anónima tropa de chavales animosos y viejales animados, estos con pantalón corto y aquellos con pelos largos. Parecen un goteo de hormigas vistos desde las cuestonas de Sanfelismo.

Y en la nómina andariega, claro, algunos lugareños, gente jubileta de estos pueblos arrimada al camino por esparcirse y echar la mañana a perros fisgando con reojos a los que van y regalando un buenosdías a los que vienen. Pero no todo oriundo que recose el camino anda ocioso o golisqueando cada obra pública a mano para ponerle reparos, porque nos cruzamos en Valdelafuente con una admirable paisana menudilla de traza, de hebra briosa, orillada en la cuneta verderona en la que ahora todo crece con vicio. Se afanaba ella con un focete en ir cortando «verde» para los conejos, lo que se dice «apañando pal cunil» mielgas, achicorias, hierba de Santiago y todo ese floripondio nutritivo que brinda gratis el campo como pienso de conejera. Queda ya poca gente que críe conejos así. Le preguntamos cuántos tenía y nos dijo que unos cuarenta («ya serán cuarenta y uno», pensó maliciosamente Lesmes sin atreverse a decirlo en alto, porque una paisana con una hoz en la mano acojona lo suyo). Según íbamos dejándola atrás, vimos en la orilla del camino, aquí y allá, brazadas de hierbas ya apañadas. Eran muchas. Comentaron que no sería capaz de llevarlas todas a la vez al lejano corral... ¿que no?... y la imaginé con cinco fejes a cuestas porteando como un sherpa y arreando. Tenía todas las pintas de ser la típica leonesa nacida para pasar toda su vida cargada como una burra.

Apañando
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