martes. 31.01.2023

Una forma de control de las afganas: hacerlas drogadictas

Los maridos empujan a sus esposas a consumir opio para controlar sus vidas, evitar que se rebelen o no permitirles que se divorcien

Entre las muchas formas de control de la mujer en Afganistán está empujarlas a la drogadicción, evitando el marido así que su esposa se rebele o le abandone. En un centro de rehabilitación en Kabul intentan devolverlas a la sociedad.

Este centro de rehabilitación para mujeres y niños se inauguró en 2017 con el apoyo de diferentes donantes internacionales, y cuenta con capacidad para 150 pacientes, pero la llegada de los talibanes en agosto del año pasado y la huida de muchas organizaciones ha limitado sobre manera los recursos de esta institución.

Su directora, la doctora Shaista Hakeem, explica que en la actualidad hay 75 pacientes, que reciben un tratamiento de unos 45 días, un tiempo en el que el apoyo psicológico juega un papel fundamental para que dejen de consumir drogas.

«Hay muchas razones para la adicción en Afganistán, pero las más comunes son la pobreza, el desempleo, la disponibilidad de drogas en el mercado (como país productor), problemas psicológicos, vivir con familiares adictos y tener creencias erróneas sobre el uso de las drogas como medicina», detalla la doctora. Los casos perturbadores son aquellos en los que las pacientes «fueron empujadas a la drogadicción por sus maridos para controlar su vida o no permitirle que se divorcien».

FORZADAS POR SUS MARIDOS

Fue el caso de Masooda (nombre ficticio), que actualmente se encuentra internada en el centro y responsabiliza de su consumo de drogas a su marido, también adicto.

«Quise divorciarme pero mi esposo me pegaba y me forzó a consumir drogas. Cuando me volví adicta, mis otros familiares también comenzaron a golpearme. Les dije que era culpa de su hijo, pero perdí a mis familiares, incluido mi esposo, y estoy viviendo con mis hijos», relata.

Masooda forma parte de los cerca de cuatro millones de afganos adictos a algún tipo de droga en Afganistán, según los informes para la reducción de la demanda de drogas en el país asiático.

Una lista en la que también figura la interna Shakila (nombre ficticio), que recuerda cómo su historia de adicción comenzó un día que se encontraba enferma y tomó opio en lugar de medicamentos, volviéndose progresivamente dependiente hasta que acabó por perder todo lo que tenía.

«Tras mi adicción la situación cambió por completo, no sé dónde está mi esposo, ahora estoy viviendo con mis tres hijas, ya no tengo techo ni familia», lamentó.

Ahora se esfuerza por poner fin a trece años de adicción y pide «a todas las mujeres y hombres que no usen ningún tipo de droga, intencionadamente o no, ya que después de la adicción perderán todo, familia, seres queridos, respeto y dignidad».

El centro que dirige la doctora Hakeem es uno de los pocos que no ha cerrado pese a la crisis económica que atraviesa el país desde la llegada al poder de los talibanes, aunque cada vez afronta más desafíos tras la retirada masiva de los donantes internacionales.

Ahora el centro recibe una partida económica desde el Ministerio de Salud, pero los servicios se han reducido significativamente.

«Nuestros servicios disminuyeron, hemos perdido al contratista de alimentos y al de fruta fresca y tampoco tenemos combustible para la calefacción en invierno», explicó la directora.

Ante la proximidad del frío invierno, solicita el apoyo de la comunidad internacional, esencial para desarrollar un mecanismo sostenible y a largo plazo que permita reintegrar con éxito a las mujeres y a sus hijos, algunos de ellos también adictos, una vez culminen su proceso de rehabilitación.

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