lunes. 28.11.2022

El desmoronamiento del Ejército afgano en solo once días tras dos décadas de adiestramiento y equipación por parte de la OTAN —con la reseñable participación de España desde 2002— ha puesto en entredicho la efectividad de las misiones que luchan contra el terrorismo. Las operaciones de combate directo han sido sustituidas a lo largo del siglo XXI por tareas de entrenamiento y asesoramiento sobre el terreno de las fuerzas locales. Este planeamiento previene los daños humanos y reduce los costes materiales, pero la derrota afgana deja un mensaje claro: España y sus aliados están obligados a replantear las misiones similares en curso antes de que sea tarde. Siguiendo el espejo de Afganistán desde 2001, con las operaciones de pacificación y reconstrucción Isaf y RSM, España despliega en la actualidad efectivos en Irak y Malí con el cometido de fortalecer las fuerzas de seguridad autóctonas. Si en el país asiático el enemigo eran los talibanes y su alianza con Al Qaeda, en estos escenarios es el yihadismo y el crimen organizado.

Ya sea bajo el paraguas de la Otan, de una coalición Internacional o de la Unión Europea, cerca de 600 militares españoles trabajan en la actualidad en ambos territorios en el adiestramiento de sus ejércitos y policías. Una carrera de fondo que en el caso de Malí no ha obtenido resultados tangibles. El avance de las filiales de Al Qaeda o del Daesh en la región subsahariana del Sahel sigue firme, con el agravante de que se trata de un espacio estratégico para la seguridad nacional española.

Las consecuencias, por lo tanto, de la derrota en Afganistán requiere reformular el cometido de estas operaciones y examinar los fallos para no repetir los mismos errores. «Una debacle tan rápida del Ejército afgano no estaba prevista ni en el peor escenario. Habrá que revisar en profundidad junto a nuestros aliados qué ha ocurrido. Examinar las herramientas de evaluación de amenazas, los sistemas de alerta temprana, la monitorización de crisis y el análisis de riesgos. Corregir los errores con la vista puesta en otras misiones similares», comenta un alto cargo del Estado Mayor de la Defensa (Emad), aún en estado de shock por la actitud de «brazos caídos» de los militares que formaron durante años en la provincia de Badghis (la factura de la intervención española en Afganistán ascendió a más de 3.500 millones desde 2002).

«Es el momento de repensar el modelo de influencia occidental porque en Afganistán lo que ha fallado han sido los términos de la misión», resumían el miércoles los ponentes de un seminario organizado por el Instituto de Seguridad y Cultural. «No se puede reconstruir un país desde fuera y con las armas».

El fracaso afgano obliga al Gobierno a replantear las misiones internacionales
Comentarios