miércoles. 05.10.2022

Los talibanes celebran el Día de la Victoria ante la embajada de EEUU

Los afganos viven sumidos en el colapso económico y una crisis humanitaria sin precedentes
                      Cientos de talibanes celebran el Día de la Victoria en la embajada USA. STR
Cientos de talibanes celebran el Día de la Victoria en la embajada USA. STR

«Kabul no cayó en manos talibanes, Kabul fue liberada por los talibanes», Zazai Rashedm, fervoroso islamista de 24 años, corrige al periodista extranjero en mitad del gentío que se ha congregado a las puertas de la Embajada de Estados Unidos. Un año después de que los estadounidenses arriaran su bandera y evacuaran al personal hacia al aeropuerto, cientos de combatientes y seguidores del movimiento islamista celebran su victoria a las puertas de la legación.

Un momento de euforia porque «se trata de una jornada sagrada en la que todos los muyahidines (guerreros santos) debemos recordar la importante victoria lograda contra el enemigo después de dos décadas de lucha», opina uno de los combatientes, pistola al cinto y AK-47 al hombro. La antigua rotonda Ahmad Sha Masoud, héroe nacional venido a menos tras el cambio de régimen, es ahora un mar de banderas blancas del Emirato frente a la legación del gran enemigo. Algunos vienen a pie con las enseñas en la mano, la mayoría a bordo de camionetas o de los vehículos militares blindados que Estados Unidos compró para el desaparecido Ejército afgano.

El grito se eleva por encima de unos muros que ahora están decorados con la shahada (declaración de fe islámica) y diferentes eslóganes antiestadounidenses. El 15 de agosto ha pasado a ser jornada festiva en el calendario nacional afgano, pero los más puristas prefieren esperara al 1 de septiembre ya que «esa es la fecha en la que el último infiel salió de nuestra tierra», comenta un seguidor del grupo.

La euforia talibán, que contrasta vivamente con las amenazas a las mujeres que el domingo se manifestaron por la capital, y a las que incluso apuntaron con las armas, se esparce por las calles de la ciudad a través de los vehículos que vuelan con plegarias religiosas a todo volumen. Pero es un espejismo. En cuanto los talibanes se alejan vuelve el silencio. Kabul está vacía y no parece que los ciudadanos tengan mucho que celebrar en este día. Hay miedo a posibles ataques del grupo yihadista Estado Islámico (EI) y, sobre todo, no hay fervor por los islamistas. Aquí lo que nadie puede olvidar son los momentos de absoluta desesperación que se vivieron este mismo día y los siguientes en el aeropuerto internacional. Decenas de miles de personas se jugaron la vida para escapar de quienes ahora gobiernan el país.

Los gritos y las plegarias no pueden con los recuerdos y tampoco son suficientes para maquillar la crisis humanitaria sin precedentes y el colapso económico. Los milicianos talibanes lucen ahora uniformes heredados de las fuerzas de seguridad a las que antes combatían.

Nasratullah (nombre ficticio) formaba parte de las fuerzas especiales y combatió durante cinco años a los talibanes a lo largo de todo el país. Ahora vive en el absoluto anonimato y asiste con impotencia a las celebraciones de las personas a las que fue entrenado para detener y matar. «Los talibanes tratan de mostrar al mundo que en este año han logrado devolver la seguridad al país y que antes todo era un desastre y moría mucha más gente. Lo que ocurre es que eran ellos quienes atentaban contra civiles, fuerzas de seguridad, puentes y carreteras y ahora son quienes mandan», explica el exmilitar desde un lugar seguro situado a las afueras de la capital.

«Nos dejaron solos»

Nasratullah se enfada al recordar cómo el enemigo pudo hacerse una tras otra con las 34 provincias del país sin apenas resistencia casi en cuestión de horas y finalmente entró en Kabul en una especie de paseo triunfal. «Nos traicionaron desde arriba. Desde la cúpula del Gobierno, hasta los gobernadores y jefes de policía, todos estaban compinchados con los talibanes y cada uno velaba por sus intereses, no por los de Afganistán. De un día para otro nos quedamos sin apoyo aéreo, sin suministro de munición, nos dejaron solos», lamenta.

Mientras en las calles de Kabul los talibanes prosiguen con sus celebraciones, en muchas casas como las de Nasratullah sólo desean que la comunidad internacional nunca reconozca a este Gobierno porque «la brutalidad no parará de crecer».

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