miércoles. 29.06.2022

«Necesitamos una inyección de fe en León porque creer en uno mismo siempre es fundamental»

Con 14 años ingresa en el seminario y con 25 se ordena sacerdote. Es licenciado en Ciencias de la Educación, tiene estudios filosóficos y teológicos. Fue durante tres años presidente de la Conferencia Española de Religiosos. Superior Provincial de los Misioneros Claretianos de Santiago. Obispo de Mondoñedo durante 5 años y desde el 21 de octubre de 2020 obispo de León. Iluminado por los destellos de la Catedral de León, desde la terraza del Camarote Romántico, Luis Ángel de las Heras responde reflexivo y no elude ni un solo asunto. Relativiza, pero lo tiene claro: la Seo tiene más fe que luz.
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Aterrizó en León en diciembre de 2020, en plena pandemia. Ha pasado casi medio año. Habrá descubierto ya el carácter casi destructivo del leonés, ¿necesitamos más una inyección de fe o mejor un milagro?

—Bueno, la verdad es que los milagros existen, yo creo en ellos, por supuesto, pero necesitamos una inyección de fe, porque creer en uno mismo siempre es fundamental para salir adelante. Y también para los milagros hay que creer. Por tanto, es verdad que necesitamos esa inyección y en León yo creo que viene bien ahora para los leoneses y yo colaboraré todo lo que pueda para que se logre esa inyección.

—Estos largos 14 meses que llevamos conviviendo con el virus, ¿han hecho que seamos más religiosos? Hay mucha gente que ha descubierto en sí misma una gran necesidad de creer. ¿El miedo nos acerca a Dios?

—Estoy convencido de que sí. Sobre todo el miedo a la muerte hace que uno se replantee toda su vida y, desde luego, que busque respuestas y que busque también salidas…Algo más allá de la muerte y por lo tanto eso hace que crezca la fe y que se busque más a Dios.

—¿O lo hace más el hambre? ¿Sin Cáritas habría habido una revolución en España? Su labor ha sido y está siendo espectacular. Esas colas del hambre y todo lo que estamos viendo y viviendo. Evidentemente, la culpa es del virus pero la situación económica ya venía deteriorada.

—Sin ninguna duda. Toda la solidaridad que ha generado la pandemia ha hecho que todos los efectos colaterales y las consecuencias tan negativas que está sufriendo tanta gente habrían sido mayores. Cáritas, las congregaciones religiosas, todas las parroquias. En cada parroquia hay un puesto de ayuda a todo el mundo. También ha habido otras organizaciones y otras personas que han colaborado y se han unido a la solidaridad. Yo creo que ha sido algo extraordinario a la altura de la gravedad de la situación. Porque ya no solo era ir a recoger alimentos, que ha necesitado mucha gente, sino también acompañar a personas que vivían solas, llevarles lo que necesitaran. Las medicinas que pudieran necesitar personas mayores que se han sentido muy mal durante todo este tiempo. Las parroquias, el voluntariado, la pastoral de la salud también han hecho una labor espectacular. Yo creo que sin todo esto, como dices, habría sido mucho mayor el caos y el dolor.

—Tenemos la mala costumbre de pensar en la Catedral como un elemento decorativo, un atractivo turístico. Se nos olvida que es un templo…

—Pues puede ser. Al contemplarla de esta manera se ve que a veces lo que tenemos en casa no lo valoramos. Tienen que venir de fuera para valorarlo. Y como templo se puede olvidar, pero es el emblema de León. Y creo que hay que recordar esa reseña sintética de la Catedral que unos atribuyen a San Juan XXIII y otros a un autor anónimo, y que decía que es una Catedral que tiene más vidrio que piedra, más luz que cristal y más fe que luz. Con eso está dicho que realmente es un templo, porque por encima de todo está la fe en esta Catedral.

—¿La Catedral es más patrimonio de los leoneses, como también San Isidoro, o es patrimonio de la Iglesia?

—Es patrimonio de todos. Porque nosotros lo valoramos como templo y como lugar de fe, donde se recoge toda la historia de la Diócesis. Una Diócesis tan antigua como el propio Reino de León. Que tiene mucha tradición de fe, mucho esfuerzo de fe. Esta Catedral se construyó para dar gloria a Dios. Fue un hermoso gesto. Pero todo esto, después, para quienes no tengan fe también es patrimonio suyo. A los que no creen, la Catedral de León les tiene que importar, aunque sea por otras razones.

—En la sociedad hay dos tendencias de pensamiento, la de aquellos que creen que la Iglesia contribuye a que la ingente riqueza patrimonial de los pueblos se mantenga en pie, ermitas, iglesias, conventos… Y la otra corriente que piensa que está mejor en manos del pueblo. ¿Usted qué piensa?

—Yo pienso que cuando se ha dejado en manos del Estado, como en Francia en el sistema que tienen, o en manos de los ayuntamientos, de las juntas vecinales, cuesta mucho mantenerlo. La Iglesia siempre ha procurado contribuir a conservar ese patrimonio, a restaurarlo. Y además es un patrimonio que se hizo para el culto, para dar gloria a Dios, por lo tanto yo creo que la Iglesia va a cuidar como nadie esos lugares porque va a conservar, a mantener el fin para el que fueron hechos y eso es también una garantía de conservación. A mí me parece que la Iglesia está procurando que todos contribuyamos y de esa manera se conserve el patrimonio. Creo que es mejor así.

—Cuando ve imágenes del sufrimiento que la ambición humana genera en todo el mundo, los refugiados, los atentados, las guerras, los niños soldado en África, ¿qué piensa? ¿Nos lo merecemos o es el Señor, que nos pone a prueba?

—Ni el Señor nos pone a prueba, ni el Señor nos castiga. Estas desgracias, las desgracias de la humanidad, están provocadas por la indiferencia que todos, en mayor o menor medida, tenemos. Por la insolidaridad, por querer vivir nosotros muy bien sin pensar en aquellos que pueden tener menos. A consecuencia de nuestro exceso de gasto. Hoy todo está conectado y yo creo que no hay que poner a Dios aquí como el causante de estos males, sino precisamente el egoísmo, la insolidaridad, la indiferencia del ser humano.

—Yo hablaba de la ambición humana…

—Sí, efectivamente. El ser humano tiene capacidad para poder sofocar todos estos problemas. El ser humano, que es un ser extraordinario y extraordinariamente bueno, aunque sea capaz de hacer el mal también es capaz de hacer el bien. Lo que hay que procurar es potenciar que el ser humano haga el bien y deje de hacer tanto mal. Y que desde luego, como digo superemos la indiferencia y seamos más solidarios. Pensemos que todo lo que hacemos afecta a otros, aunque estén muy lejos. No se queda en lo inmediato, sino que llega más allá.

—En el mundo global en el que estamos toda afecta. Ya se sabe lo del aleteo de la mariposa en Japón que provoca aquí un terremoto. Todo tiene repercusión.

—Efectivamente, por eso digo que todo está conectado. En este sentido, la pandemia nos ha dado una gran lección, porque en muchas ocasiones pensábamos que lo que hacíamos aquí no tenía relación con el resto del mundo y ahora vemos que todo el mundo está afectado por el mismo virus que viaja de un lugar a otro porque las personas tienen más movilidad que antes. Es una prueba clara de que todo nos afecta a todos.

—En 1990 pone en marcha en Madrid el Proyecto Aurora para ayudar a drogodependientes. ¿La religión es el opio del pueblo? ¿O el pueblo ha encontrado otros caminos digamos menos ortodoxos?

—Bueno, no lo sé. Yo creo que es un análisis que merecería mucho tiempo. Se ha buscado desde este siglo XXI, y ya desde finales de siglo XX, mucha comodidad, una especie de confort mental, que nadie nos inquietara. Y, por lo tanto, la religión en tanto que inquieta y compromete se rechaza. Se ha llegado a hacer proselitismo de una religión a la carta, en la que cada persona elegía lo que le parecía bien de una religión y de otra para construir su propia religión. Yo creo que en estos tiempos cuesta mucho que la gente se comprometa con su fe, cuesta que se comprometa con los demás y todo esto tiene consecuencias negativas. El proyecto Aurora fue el compromiso de una parroquia ante el problema de la droga que estaba matando a muchos chavales, que mueren en la calle, por sobredosis o por droga adulterada. Reaccionamos para que aquellos chavales no murieran.

—En aquellos años 90 al final de la famosa movida madrileña, cuando la heroína corría por los barrios.

—Fueron años apasionantes en ese sentido porque había que salir al paso de la muerte para dar vida, dar esperanza a las familias. Porque, lógicamente, no solo eran los chavales, eran los padres, las novias, es decir toda la red familiar.

—El Papa Francisco ha buscado desde su llegada al trono de San Pedro una modernización de las estructuras de la Iglesia. Su encuentro con el Ayatolá Al Sistani, en marzo en Irak, es un hito, todo un símbolo de confraternidad, ¿Por qué cree que los terroristas islámicos no lo ven así?

—Bueno, yo no conozco el pensamiento de estos terroristas islámicos.

—De cualquier terrorismo, quiero decir.

—Sí, las personas fanáticas que quieren imponer sus ideas a los demás de esa manera, eliminando a quien no piensa como ellos. Pero el Papa Francisco yo creo que ha dado con una clave importante para el futuro de la humanidad: la fraternidad. Nosotros los cristianos tenemos que vivir la fraternidad de pensar, es algo propio de nuestra fe y de Jesucristo. Y de esta manera podemos ofrecernos al mundo para solventar, para erradicar, la violencia, la pobreza, el fanatismo. Esa propuesta de fraternidad universal que el Papa Francisco lanza como pensamiento, que además practica con estos gestos de ofrecerse como hermano a personas de otras religiones, de otros credos, y a cualquiera que se vaya encontrando, parece que es camino de solución de los problemas de la humanidad, para cualquier problema que pueda surgir.

—Ese aperturismo ha hecho que se haya puesto sobre la mesa el debate sobre el celibato y también sobre el papel de la mujer en la Iglesia. ¿Qué piensa sobre estas dos cuestiones?

—Bueno, son cuestiones que no se pueden juzgar solamente por una opinión superficial, porque llevan mucho estudio detrás, mucho análisis, mucha densidad en toda la apreciación teológica e histórica de estos elementos de la Iglesia. Con respecto a un sacramento de la Iglesia, no es algo sobre lo que se pueda decidir a la ligera. Ni desde planteamientos que no tengan en cuenta la teología sobre el sacramento del orden, de manera que es algo sobre lo que hay que seguir profundizando y adelantando en la medida que se pueda, pero no por simples corrientes sociológicas o de pensamiento sin profundización o reflexión teológica e histórica.

—¿Y sobre los casos de pederastia? Es un asunto terrible en el seno de la Iglesía, que ha reconocido 80 casos en España. ¿Qué piensa cuando alguien de su misma creencia comete actos que no están dentro de su formación? Ni de la mía, ni de la de nadie. Sabiendo que eso ocurre en todos los ámbitos de la sociedad.

—Los casos de pederastia son dolorosos en cualquier situación. Y desde luego en los ámbitos donde más se dan, que son, desgraciadamente, en la familia. Es execrable. Y del mismo modo puedo decir que la Iglesia en cual caso lo ve rechazable y hay que reconocerlo y hay que apoyar a las víctimas y hay que pedir perdón a los damnificados y ayudarles en todo lo que necesiten. Sobre todo cuando ocurre con personas de las que uno se fía como son los familiares, que son de confianza y te defraudan y son capaces de agredirte de esta manera. El Papa Francisco lo ha dejado claro, por supuesto, que hay que erradicarlo. Es verdad que en otros momentos de la historia no se ha gestionado bien pero ahora se está haciendo un esfuerzo por reparar y prevenir cualquier abuso de este tipo. Nosotros tenemos ahora un compromiso con todas las víctimas, de cualquier tipo que sea. De cualquier abuso. Y más cuando han sido víctimas de la Iglesia. Tenemos que pedir perdón.

—¿Qué opina del matrimonio o unión homosexual?

—Nosotros, en la antropología cristiana que considera el hombre y la mujer hechos para formar la familia, consideramos el matrimonio para tener hijos, para formar una especie de iglesia doméstica. Considerar matrimonio a otro tipo de uniones no es algo que creamos adecuado. Porque además es como desvirtuar lo que nosotros consideramos matrimonio. Pero bueno, la sociedad tiene que avanzar en sus planteamientos. Aquí hay que diferenciar entre los planteamientos como Iglesia y voy a los sacramentos, a lo esencial, a lo fundamental, a lo que obedece a una reflexión teológica con otro tipo de cuestiones que no significan rechazar, sino simplemente con una visión diferente. Esta antropología queremos ofrecerla también porque habrá muchas personas que quieran aceptarla. Porque, desde luego, a los que quieran aceptarla se les ofrece y a otros también, en este mismo sentido. Esto el Papa Francisco lo ha dejado claro, no significa rechazar a ninguna persona por su orientación sexual o su planteamiento. Siempre está la posibilidad de encuentro y de acompañamiento por nuestra parte.

—Imagino que gestionar una diócesis como la de León no debe ser fácil con la dispersión y la orografía de la provincia. ¿Esa fe renovada por la Pandemia de la que hablábamos antes ha hecho que aumenten las vocaciones?

—No. Que la pandemia haya hecho que la gente se plantee su fe y se plantee otras cuestiones importantes en su vida es una circunstancia que se ve a largo plazo. Incluso para volver a la Iglesia o para acercarse a ella por primera vez. De inmediato no ha significado un aumento numérico de las vocaciones al seminario ni a la vida consagrada, pero sí que se ha dado un aumento significativo de vocaciones de alumnado permanente, que eso es algo que ya venía de antes. Es muy interesante el hecho de que varones casados puedan llegar a ordenarse, a colaborar o incluso celebrar algunos sacramentos. Yo creo que esto, no sé si tendrá que ver con la pandemia, pero en estos meses que llevo aquí ha habido un aumento grande para el número de diáconos permanentes y nuevas vocaciones.

—Del 29 de octubre de 1988 cuando fue ordenado sacerdote hasta hoy, ¿cómo ha cambiado la sociedad y cómo ha cambiado la Iglesia? ¿Caminan a la par?

—Los cambios han sido muchos y han sido rápidos. Cada poco tiempo se notaban esos cambios. Cuando yo me ordené sacerdote, las parroquias estaban llenas de gente. Había muchos jóvenes, muchos niños, muchas personas mayores muy comprometidas. A finales de los 80 era un momento de mucha ebullición, pero apenas la sociedad hacía ofertas de actividades de tiempo libre o educativas y la Iglesia cualquier oferta que hacía llamaba a mucha gente, lo mismo para el deporte que para el ocio o actividad religiosa. Había un boom. Hoy ese boom ya pasó. Ahora la sociedad tiene muchísimas ofertas de todo tipo. Pero sí es cierto que la Iglesia tampoco es una ONG y por lo tanto no es algo que haya que comparar porque el sentimiento de la fe es algo más elaborado, un proceso mayor. En este sentido tengo la esperanza de que aunque haya menos personas sí que puedan purificar más sus motivaciones y puedan celebrar y seguir la fe con mucha más autenticidad.

—Es usted licenciado en Educación, la Lomloe pone en cuestión el funcionamiento de la Educación a través de los colegios concertados, ¿cree que este Gobierno está rompiendo un statu quo hasta ahora era muy valorado por todos los sectores de la sociedad?

—Yo no conozco bien la Lomloe y tendría que haberla estudiado para poder dar una opinión cualificada. Yo no sé cuál es la intención exacta del Gobierno pero este Gobierno y toda la sociedad sabe que efectivamente los colegios católicos son muy numerosos en este país y eso es una opción de los padres y de los alumnos que van a esos colegios, y que tienen derecho. Los acuerdos Iglesia-Estado y la propia Constitución lo permiten. Por otro lado, a través de los conciertos se permite que los padres crean que es lo mejor para ellos. Dejar sin conciertos la Educación española, en colegios católicos o privados, sería dejarla solo para quien pudiera pagarla y eso es una discriminación. Los conciertos equiparan las oportunidades de todo el mundo respetando los principios de cada uno.

—Cuando usted escucha frases como la que dijo la ministra Celaá de que los hijos no son de los padres o las de Unidas Podemos que pidió retirar las misas de la programación de las televisiones públicas, ¿qué siente?

—Pienso, desde luego, que ellos tienen sus motivos para hacer esas declaraciones y sus planteamientos. Yo, sencillamente, no los comparto. Pero tampoco es que me altere mucho por eso. Personalmente, no me afecta. Simplemente pienso diferente.

—¿Usted cree que los jóvenes de hoy están mejor formados que los de su generación?

—En algunos aspectos los jóvenes de hoy son más despiertos que hace unas décadas. Tienen una inteligencia más despierta, más preparada para reaccionar rápidamente, para dar respuestas para salir al paso, aunque a veces no tengan contenido. Creo que la preparación que da este mundo global en el que estamos es una preparación distinta. En cuestiones importantes, que requieren reflexión, o desde la óptica filosófica, la preparación es mucho menor que antes. Además, ahora se considera un rollo, algo que es aburrido. Aunque de todos modos también hay jóvenes a los que les motiva la filosofía o la historia, pero en general se aprecian menos esos contenidos.

—¿Somos ahora más tecnócratas que humanistas? ¿Una cosa y la otra no deberían viajar de la mano para que la sociedad avance en la dirección correcta?

—Yo creo que habría que combinarlos y hay personas que lo hacen muy bien. Pero efectivamente atrapa más la tecnología que el estudio de las humanidades. Eso es un peligro porque la mayoría se puede ir por esa vertiente y abandonar lo otro. Creo que sería muy importante e interesante, y de hecho hay gente que ya lo hace, conciliar las dos cuestiones.

«Necesitamos una inyección de fe en León porque creer en uno mismo siempre es fundamental»