martes. 05.07.2022

Treinta años de una lección de coraje

En marzo de 1992, la comarca de Laciana vivió uno de los momentos más convulsos de su historia minera. De la rabia y la vocación de supervivencia de sus gentes surgió la Marcha Negra, el episodio que pervivirá para siempre en su memoria colectiva
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Aquellos 18 días de marzo de 1992 forman ya parte del inconsciente colectivo de la comarca de Laciana. La Marcha Negra, la primera, sentó las bases de una lucha forjada en la voluntad del medio millar de mineros que tomaron rumbo a Madrid para plantarse en la capital con su futuro bajo el brazo. Una movilización imborrable que puso el broche final a interminables jornadas de protesta en plena huelga de la Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP), con cortes de carreteras y duros enfrentamientos entre los mineros y los antidisturbios.

Pocos días antes de partir, ocho delegados sindicales se encierran a 400 metros de profundidad en el Pozo Calderón, una tortura de 51 días que elevó la tensión y la presión de una situación que tenía a toda la comarca y gran parte de la provincia al límite, con la minería al borde del precipicio, con el cierre reciente de la cuenca de Sabero y con la MSP, la gran empresa minera de las cuencas de Laciana y Bierzo, en quiebra técnica con una deuda arrastrada de 30.000 millones de pesetas. Sus trabajadores se plantearon la hazaña cuando el cierre del Pozo María planeó sobre sus cabezas. La columna negra se lanzó a la carretera para trazar en 18 etapas el viaje a Madrid, con días de más de 40 kilómetros de caminata, entre Villablino y Toreno, y otras más livianas como los seis kilómetros que separaban Aravaca de Madrid. La empatía se sumó como un participante más a la gesta minera, con territorios que se identificaron con la lucha obrera, solidarios y entregados, arropando a los mineros. La Marcha finalizó con una manifestación de más de 15.000 personas en Madrid. Y a su llegada a Laciana tras la marcha a Madrid, en un día de nieve y frío, los mineros fueron a la entrada del Pozo Calderón para ir a «buscar» a sus compañeros encerrados.

Los que estuvieron en la columna de hombres que partieron hacia la capital de España no olvidan ni un día de la marcha. Es el caso de Alfredo Ganzo, que en ese momento estaba casado y con tres hijos. Trabajador del grupo Carrasconte asegura que «fue muy emocionante ver como otras zonas que no eran mineras se identificaban con nuestra lucha». Y es que el temor a no ser arropados en las zonas que no eran mineras estaba presente. «Salíamos hacia algo totalmente desconocido, no sabías como iba a reaccionar la gente», recuerda Ganzo, que no olvidará jamás que «el recibimiento en cualquiera de las etapas fue de muchísimo calor y algo emocionante». Otro compañero de lucha obrera fue Juan Carlos Álvarez, que con 29 años y una hija decidió poner rumbo a Madrid. En esa época trabajaba en el grupo Orallo y era miembro del comité de empresa. «Los recuerdos están muy presentes», afirma Álvarez, que coincide con Ganzo al aseverar que fue algo muy «emotivo, con mucha incertidumbre y unión» recordando que deseaban sacar el conflicto de las calles porque los enfrentamientos cada vez más se iban recrudeciendo. «Se estaba yendo por unos derroteros que no llegaban a nada» asevera este lacianiego, que recuerda que la marcha se organizó en pocos días, pero «el cariño y el éxito estaban ahí». Este antiguo minero destaca que la unión del momento y las ganas «estaban muy presentes». «Sabíamos que nos lo jugábamos todo».

En esta lucha fue portavoz Javier Rubio, que trabajaba en el taller eléctrico, casado y con tres hijos, afirma que «sobreviven muchos recuerdos» de aquellos días. Al igual que sus compañeros, recuerda los duros enfrentamientos previos y el cariño con el que fueron recibidos en todas las etapas. Para él, la entrada a Valladolid y a Madrid «fueron dos momentos realmente especiales porque estábamos defendiendo nuestro derecho a seguir sobreviviendo». La etapa más dura, sin duda, fue la primera, entre Villablino y Toreno, no sólo porque hay más de 40 kilómetros de distancia si no «porque éramos gente que no estábamos acostumbrados a andar estos trayectos».

Para estos tres participantes, la Marcha sirvió para que durante 25 años la empresa MSP continuara con su labor extractiva aunque el sector apenas sea ya una página en la historia de la comarca.

Treinta años de una lección de coraje