martes. 05.07.2022

El ingeniero de origen francés don Carlos Le-Maure, que hacia los años de 1780 se encontraba construyendo el Camino Real en las inmediaciones de Bembibre —donde residía y donde le nació un hijo—, descubrió vetas o filones de carbón mineral (antracita) en un paraje cercano al Monasterio de San Juan de Cerezal, junto a la cuesta que llaman ‘del Morueco’. Incluso llegó a planificar un canal para su transporte desde Villagatón a Segovia.

El canal nunca llegó a realizarse, ni siquiera se inició. Del convento sólo quedan unos informes paredones en el pueblo de Cerezal de Tremor y un escudo episcopal que se encuentra en la Casa Rectoral de Bembibre. Sin embargo, sí se empezó a utilizar aquel carbón en las cocinas, sustituyendo a las de leña con sus trébedes, morillos (caballetes de hierro que se ponían en el hogar para sustentar la leña) y pregancias (cadena, también de hierro, para colgar los potes sobre el fuego).

Las primeras cocinas eran unas sencillas construcciones de barro o ladrillo con una chapa de hierro encima, y así se arreglaron las buenas amas de casa durante unos cuantos años, hasta que a finales del XIX y principios del XX se empezaron a utilizar las famosas cocinas llamadas ‘bilbaínas’ o económicas, que eran de hierro, con espacios bien determinados: el fogón (lar o llar), el horno y el depósito de agua caliente, que disponía de un grifo situado en la parte frontal, a unos 50 centímetros del suelo. Me contaron que mi abuelo obturó este dispositivo porque yo tenía la mala costumbre de abrirlo con el riesgo de abrasarme con el agua caliente. En modelos posteriores se cambió el sistema por unos calderines externos.

La cocina, como pieza o habitáculo, era el calor del hogar, una burbuja de bienestar. Constituía el alma, el corazón de la casa. En ellas las abuelas practicaban sus dotes culinarias. Sobre la chapa, hacían varias comidas a la vez, aprovechando la distinta intensidad del calor, según la distancia del puchero con el fogón. Son inolvidables, entre otros, los olores del caldo de vainas, de los pimientos asados, de las castañas en la chapa o en el horno y, por qué no decirlo, los grandes recipientes con las lavazas, la comida de los puercos.

Pero también eran, como decíamos, el calor del hogar. Por lo general, no había otro calor que el de la ‘económica’. Así pues, la cocina era el cuarto de estar, el más confortable de la casa; donde se hacían los filandones, aquellas reuniones con vecinos y amigos donde se hablaba de lo humano y de lo divino; donde no faltaban historias o sucedidos truculentos, en los que siempre aparecían las famosas ‘ánimas del purgatorio’, que amedrentaban a niños y timoratos.

El carbón, ya fuera la antracita en El Bierzo, o la hulla, en Laciana y norte de la provincia, era el combustible que empleaba prácticamente toda la población como energía para sus cocinas. Incluso las familias más humildes, sin medios para adquirir el mineral, se las ingeniaban para conseguirlo, acudiendo las mujeres a las vías del tren, cerca de las estaciones, para rebuscar entre las cenizas los granos que caían de las locomotoras; también colaboraban los fogoneros, que ‘descuidaban’ hacía la vía algunas paletadas del combustible de la máquina.

Los propios mineros —los trabajadores con familia— también utilizaban el producto que ellos mismos arrancaban: tenían derecho de por vida —incluso después de retirarse— al llamado ‘vale de carbón’, que consistía en 300 kg mensuales para los mineros de interior y 250 kg para los de exterior; era de uso personal, estando prohibida su venta, con riesgo de perder este derecho, aunque a veces se hacía, pues era difícil el control.

La cocina bilbaína era insuficiente para caldear las viejas casas, dotadas de escasos medios para combatir la humedad y el frío, por lo que aquellas familias que podían permitírselo instalaban estufas o las llamadas ‘salamandras’, en otras dependencias de la vivienda.

Los demás se arreglaban con el brasero, instrumento metálico en forma de gran plato que se colocaba bajo la mesa camilla y donde se quemaba otro carbón, el vegetal, que se elaboraba con madera quemada de roble o encina.

En años posteriores, cuando el país salió de la pobreza postbélica y surgió la clase media, se empezó a generalizar la instalación de calefacción en toda la casa, por medio de una gran caldera y radiadores en las habitaciones. Podía ser individual, para una sola vivienda, o colectiva, para los pisos y apartamentos de todo el edificio.

También se idearon las cocinas calefactoras, en las que, de forma ingeniosa, podía ampliarse el fogón, sirviendo así tanto para cocina como para calentar el agua del circuito cerrado de la calefacción.

Las ciudades fueron las que primero disfrutaron de calefacción central, consumiendo grandes cantidades de carbón, especialmente Madrid, donde llegaban camiones cargados al límite para surtir a almacenes y depósitos. Un conocido empresario berciano, con explotaciones en Fabero, Navaleo y Tremor, decía que la mina más productiva era la de Madrid, donde tenía sus propios almacenes para la distribución del mineral.

Al final, la electricidad, el gas y otras energías menos contaminantes terminaron con el carbón.

Por lo general, no había otro calor que el de la ‘económica’. Así pues, la cocina era el corazón de la casa, el cuarto de estar, el lugar más confortable, donde se hacían los filandones y se practicaban las dotes culinarias

El aprovechamiento del carbón era tan completo que hasta las cenizas, después de la combustión en cocinas y calefacciones, se utilizaban para tapar los baches y agujeros de las calles, que entonces no estaban asfaltadas. A veces, el propio ayuntamiento generalizaba el sistema cubriendo toda la vía con desechos de carbón. La calle quedaba relativamente presentable, pero originaba un riesgo evidente para los muchachos que jugaban en ella. No era extraño que se ocasionaran heridas en las que se incrustaba la carbonilla, produciendo unas indelebles huellas de color azul, prácticamente imborrables. Un curioso precedente de los tatuajes actuales.

La cocina de la abuela, el calor de hogar
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