sábado 24/7/21

La esperanza de Babia

Las guías de turismo rural afirman que es fácil ver en estas tierras a un oso desperezarse. Con estas y otras mentiras consiguen que el visitante piense que se va de fin de semana a una especie de zoológico de avistamientos garantizados
El propietario de un boyante negocio de turismo rural de un pequeño pueblo babiano me cuenta que hace ya algún tiempo viene escuchando a sus clientes ciertos comentarios de desagrado sobre la modernidad del pueblo, sobre lo poco rural del ambiente, etc. Como buen empresario que es, ha empleado parte de su tiempo en indagar sobre las causas últimas de tal desagrado. Tras un notable esfuerzo de síntesis, ha pergeñado una lista de actitudes no rurales que están privando al pueblo de su encanto decimonónico. -En las calles no hay señoras con pañuelo negro ni medias de lana (sorprendentemente, no se asombran ni cuchichean cuando pasan los forasteros). -A los niños no les cuelgan los mocos. Tienen bicicletas de montaña con cambio. No muestran especial entusiasmo por los caramelos y parecen conocer bien el chicle. Ni sombra de bocio y raquitismo. -Algunos lugareños de avanzada edad usan móvil y no llevan boina. La gran mayoría no son sordos. No usan palabras raras y leen el periódico. Todos saben que Franco ha muerto. -Las faenas del campo se realizan con tractores y otros ingenios mecánicos en vez de vacas. Al ganado de los puertos lo van a ver en una motocicleta o un vehículo todo terreno. -El cura del pueblo no lleva sotana. Es relativamente joven y no dice la misa en latín. Ni siquiera se queja de que los jóvenes en edad de merecer bailen agarrado. -En el bar del pueblo (que ya no es cantina) saben perfectamente lo que es una cerveza sin alcohol y tienen caja registradora. El dueño maneja con soltura casi insultante los euros. Ante la magnitud de la amenaza que se cierne sobre el negocio, este babiano ya ha diseñado su propia estrategia empresarial. Tras una dura negociación, ha llegado a un acuerdo con los distintos sectores sociales de la localidad para dotar a la misma del ambiente rural que demandan sus huéspedes. Lástima que los imprescindibles retoques aplicados a la calle principal para contribuir a la solvencia de este esfuerzo etnográfico sin precedentes hayan obligado a retirar del viario la señal de la foto, símbolo sin par del carácter burlón del babiano. De momento el horario será limitado debido a la parquedad del presupuesto del que dispone en el apartado de animación sociocultural, pero este inquieto personaje ya estudia la posibilidad de solicitar subvenciones a la administración que le permitan ampliarlo. Lo cierto es que, a día de hoy, tanto a la entrada del pueblo como en un lugar bien visible de su web puede leerse un anuncio que creo que sentará precedente en el negocio del turismo rural: «Ambiente rural de 18:00 a 20:00» Cabras vs PlayStation Dicen los entendidos que el futuro de las Babias pasa por el turismo rural. Para mí que tal afirmación es sólo una verdad a medias que no resiste ciertas consideraciones nada sofisticadas. En efecto, a menudo he oído a los babianos decir que han visto blanquear la cumbre de Peña Ubiña en todos los meses del año. Es también el conocido el dicho que reza que la montaña leonesa disfruta de nueve meses de invierno y tres de infierno (¿o eran diez y dos?). Paradójicamente, los de infierno parecen ser del agrado del turista. En los de invierno -léase otoño, invierno, primavera-, la gente tiene la fea costumbre de trabajar casi sin interrupción, rara afición que deja poco margen a la holganza. Por lo demás, es hecho comprobado que la nieve moja y suele ir acompañada de frío intenso. En forma de ventisca puede llegar a ser muy desagradable. Son estas circunstancias a las que el turista rural no acaba de adaptarse. Por otra parte, no se me ocurre nada menos rural que todo un pueblo dedicado al turismo rural. La verdadera esperanza de Babia pasa por la sorprendente petición del chaval de un paisano de esta tierra que, contento por las buenas calificaciones de aquel en el pasado curso escolar, le brindó la posibilidad de solicitar un regalo. Cinco cabras le pidió el susodicho. Poco importa que un par de ellas estén ya en paradero desconocido. Si este y otros rapaces babianos no reniegan del oficio de sus padres, si heredan la afición de aquellos por las yeguas y los mastines, por las subidas vespertinas a los puertos, por el festivo queso y el cansino calecho , eso que llaman hoy ruralidad, ruralidad babiana, estará a salvo. Todo ello, eso sí, con permiso de Bruselas¿ A mediados del siglo pasado, a Víctor de la Serna Babia le pareció «¿un extraño país, lleno de bosques, de escuelas, de praderías, de bienestar y de cultura¿». Para mí que don Víctor fue un viajero un tanto apresurado y crédulo del que algún babiano se mofó con historias de naranjas y mermeladas. Me da la impresión de que este notable escritor no se percató de que calar al babiano lleva su tiempo; más o menos el que empleas en aprender a discernir entre la chanza y la cosa seria. Cuando por fin lo consigues, te hacen un poco suyo y te dejan de preguntar por la dentadura de arriba de las vacas -si te pasas de pardillo, entonces simulan mostrar extrañeza por lo mal que han colocado este año la Peña del Cinto o cualquier otro accidente orográfico tras la retirada invernal-. Pero, en fin, aunque Babia nunca destacara por sus bosques y ya no esté poblada de escuelas, sigue siendo, eso sí, un extraño país en el que conviven la modernidad con las más rancias tradiciones. Porque aunque en el queso haya acordeón en vez de pandereta, el queso sigue siendo queso , y ya se sabe que en el queso siempre hay hueco para el baile chano . Y porque el otro día Manolo se estruchó un dedo mientras arreglaba la empacadora y, aunque fuera en una empacadora y no en un carro, estruchárselo se lo estruchó .

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