OTRA FORMA DE VER LEÓN

La muralla que se perdió

La mitad de la muralla de león acabó víctima de la piqueta o está oculta. un recorrido por el casco histórico ofrece una mirada apenas vista. la de las huellas que dejó la traza romana que un día la ciudad no quiso conservar. un proyecto del que león es pionero en españa.

Al lado de La Rinconada, uno de esos típicos bares de tapeo del Barrio Húmedo, entre la plaza del mercado del Conde Luna y la calle Azabachería que sube hacia San Martín, un semicírculo hecho con cantos rodados en medio de la calle recuerda que allí, mirando hacia Azabachería, hubo un día un cubo de la Muralla.

Y es que las obras que ejecuta el Ayuntamiento estos días colocando baldosas rugosas que advierten a las personas invidentes de los riesgos de escaleras y esquinas no son las únicas huellas en el suelo del casco histórico. Hay otra ruta, igual de desconocida, que muestra el Viejo León que acabó un día bajo la piqueta, cuando la Muralla quedó encorsetada en medio de una ciudad que quería crecer.

Formas curvas, bandas de lado a lado, losetas, inscripciones... la ruta se extiende por diferentes zonas de un recinto amurallado de cerca de dos kilómetros de longitud que conserva aún 36 cubos, la mitad de los que tuvo.

En Mariano Domínguez Berrueta, cerca ya de la Plaza Mayor, esta vez una lápida en medio de la calle indica que allí también se levantó un lienzo de piedras y argamasa. Una referencia que, si se añade ese cubo perdido que se visualiza cerca del palacio del Conde Luna, sirve para describir el tramo más enraizado del perímetro romano, el que quedó incrustado entre las casas del Barrio Húmedo y que se abrió, ya en la época medieval, a la plaza Mayor y la Rúa con la Cerca.

Tampoco es la única referencia de lo que fue y ya no es. Por la calle Abadía, bajando hacia Renueva, otro extenso manto curvo de cantos rodados da cuenta del trazado de una de las grandes puertas de salida de la ciudad, la que acogía el adiós de los peregrinos a Santiago. Cerca, en Ruiz de Salazar se adivina otro cubo, esta vez bajo otro recientemente reconstruido, y junto a la Diputación también se intuyen las centenarias heridas de un monumento reconocido como Patrimonio Histórico en 1931.

Si la Muralla de León ha llegado hasta este siglo XXI ha sido por lo mal que ha sido tratada por los leoneses. No es una contradicción. La Muralla dejó de interesar el mismo día que perdió su misión defensiva, pero quedaron sus piedras, que fueron aprovechadas para adosar casas, llenar cimientos... Tras la Guerra Carlista, a mediados del siglo XIX, esa desafección por su monumentalidad dejó paso definitivo a su declive.

DIARIO DE LEÓN fue uno de los primeros que denunció su abandono, en uno de sus primeros números, en febrero de 1906. «La muralla que resistió las sacudidas de Almanzor y el empuje de arietes y catapultas -escribió Esteban de Nogales-, la que coronaron los guerreros leoneses en tiempos de lucha y patriotismo, no debe, para dejar paso a una carretera, tener ese mísero fin y remate vilísimo».

Aunque, sin duda, uno de los análisis más rigurosos, por no decir el que más, fue el que realizó hace pocos años Emilio Morais Vallejo. Un estudio centrado en las demoliciones de los siglos XIX y XX con un título que lo resume todo: «Una pérdida patrimonial irreparable».

Así, cuenta que tras la Guerra Carlista, que volvió a dar vigencia al viejo perímetro romano completado con la Cerca medieval, la ciudad de León también se sumó a lo que se creían nuevos tiempos, que pasaban por derribar lo que se entendía que eran barreras urbanas, a las que, por supuesto, se negaba su interés patrimonial o histórico.

Cuenta Emilio Morais que la primera petición formal de derribo la hizo el duque de Frías, quien solicitó la apertura del postigo del Rastro, próximo al palacio de los Guzmanes, una vez acabado el conflicto carlista. El Ayuntamiento aprobó no sólo la zona que se puede ver justo a la puerta de la salida de coches de la Diputación, sino también el Arco de Ánimas, del que sólo quedó su nombre en el callejero leonés, éste último «por considerar que estaba en estado ruinoso».

No hay constancia documental de que hubiera un plan oficial para acabar con las antiguas puertas de salida de la ciudad, pero está claro, según el estudio de Morais, que la clase dirigente de la ciudad estaba de acuerdo. Entre 1851 y 1856, según el mismo autor, el Ayuntamiento aprobó el derribo de cinco puertas medievales (Ánimas, San Francisco, Santa Ana, Peso de la Harina, Santo Domingo), otras dos más entre 1864 y 1868 (Sol y Moneda), hasta culminar el proceso con la demolición en 1910 de Puerta Obispo, «la que más tiempo resistió porque era la más monumental, pero sobre todo porque permanecía oculta en terreno catedralicio», recuerda el investigador. Todas ellas se pueden adivinar ahora en el suelo tras un proceso que se inició en el año 1997, con la peatonalización del casco histórico de la ciudad, y que ha seguido en cada una de las actuaciones posteriores, como en la calle Abadía.

La concejala de Urbanismo, Belén Martín-Granizo, considera que esas «huellas de la traza» son un interesante recorrido y añaden a la monumentalidad de la Muralla un sello pionero en su conservación. «Hay que tener en cuenta que el 50% de la Muralla está oculta o fue destruida», explica la edil.

La Muralla de León hoy tiene plan director -está firmado por el arquitecto Melquiades Ranilla- y sólo la crisis ha ralentizado planes como hacer peatonal alguno de sus tramos o proyectos más a largo plazo como reconstruir los cubos de la calle Carreras, que sería factible ya que existe base documental para hacerlo. Sin embargo, no siempre fue así. Las demoliciones del siglo XIX y principios del XX no encontraron prácticamente oposición. «Ni intelectuales o grupos de opinión, ni instituciones o ciudadanos manifestaron mayor interés por salir en defensa de las puertas con valor histórico o artístico. Solo en contadas ocasiones vemos actuar a la Comisión de Monumentos, pero con escasa efectividad; prueba palpable de lo poco arraigado que estaba el sentimiento de conservación del patrimonio en aquellas fechas y la ausencia de leyes para la defensa de monumentos», cuenta Morais.

Lugo y Ávila, las otras dos grandes murallas españolas, tienen su propia idiosincrasia, según Martín-Granizo. La primera, largos tramos visitables y bien conservados. La segunda, enraizada en la propia ciudad de forma singular.

León, en este sentido, ofrece un completo recorrido, mucho más diverso, según la concejala. Zonas donde sólo queda la huella de la traza, tramos donde las casas han servido de soporte para que no se cayera, como en Caño Badillo, tramos a recuperar como la carretera de los Cubos, el proyecto de Puerta Castillo...