lunes 25/10/21
Bajo el espejo del agua

Llamazares devuelve la voz a Vegamián

Al final no volvieron todos los familiares de Domingo, pero los seis que lo han hecho encarnan a la perfección el papel de Virgilio que Julio Llamazares dibujó en ‘Distintas formas de mirar el agua’, la novela sobre la pérdida de la identidad y la memoria que él mismo sufrió al descubrir, entre la muerte y el barro, el paisaje olvidado de su infancia
Julio Llamazares junto a Agustín, el último personaje de la ruta. MARCIANO PÉREZ

La casa de Inés está en Rucayo. Fue uno de los dos pueblos que sobrevivió para ser testigo de que la vocación de la naturaleza y la vida en torno a ella no pueden nada contra la desmesura del hombre por domarla. Y es también el prólogo de una ruta que, como la novela de Julio Llamazares en la que se inspira, tiene múltiples miradas. Una de ellas puede ser la de un ingeniero que, como un heraldo negro, se posó sobre el dintel para anunciarle a Inés que su marido había muerto en los trabajos de la presa. El mensajero se llamaba Juan Benet y él mismo le narró la historia al autor de Distintas maneras de mirar el agua, la obra sobre la memoria de los pueblos que desaparecieron bajo el embalse de Vegamián.

Allí comienza el camino, el que nosotros emprendemos por primera vez y el que lleva de vuelta hacia un mundo que hace más de medio siglo se detuvo bajo la ingravidez de las aguas. «Este es el mejor regalo que me han hecho», confiesa el escritor al poco de iniciar los pasos que, con la luz violeta que precede a la noche —«los franceses lo llaman entre chien et loup», revela— nos hará compartir los pensamientos de Virginia, Raquel, Teresa, Elena, José Antonio y Agustín.

La ruta, denominada El eco de la montaña, ha sido alumbrada por Nuria Rubial, profesora de Literatura del instituto Pablo Díez de Boñar cuyo trabajo y determinación convierten en carne la palabra de Llamazares. Así, en presente, porque las voces de los seis personajes elegidos para resonar sobre el valle nunca dejarán de ser actuales. El poeta lo explica durante el viaje que nos conduce de Rucayo hasta Utrero: «En Distintas formas de mirar el agua convertí la ficción en literatura y este proyecto lleva a sus protagonistas de vuelta a la realidad». Es, desde luego, un hito, y no sólo por los resultados, sino porque la voluntad de una persona ha movilizado a alumnos, profesores, artistas y músicos para rescatar las voces y las escenas ahogadas por medio siglo de silencio en un «círculo mágico».

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Sobre el muro de la presa del Porma, un altavoz amplifica la voz de Llamazares. Hay dos atriles más, uno en el mirador de Vegamián y otro en el recodo de Lodares. Tres menhires atesoran la grabación de los poemas que el autor reunió en Retrato de un bañista, escrito después de que, en 1983 el embalse fuera vaciado y el escritor descubriera los despojos de Vegamián y la experiencia del desarraigo.

Y aunque, como él mismo admitía en El río del Olvido, una mirada jamás se repite, el recuerdo vertido por los ojos de sus padres fueron el material para levantar una obra en la que la soledad y la pérdida de la identidad crean una poesía íntimamente conectada con el paisaje y la naturaleza.

El protagonista de Distintas formas de mirar el agua es un muerto, un recuerdo al que invocan los protagonistas de la novela cuando regresan para depositar sus cenizas en la tierra prometida, la misma que siempre nos obliga a vagar sin fin, Ítaca, el lugar que no existe más allá del anhelo del viaje, del «desandar el camino… en el trabajo de volver aquí».

La ruta, denominada El eco de la montaña, ha sido alumbrada por Nuria Rubial, profesora de Literatura del instituto Pablo Díez de Boñar

La travesía alrededor de la novela comienza con las palabras de Virginia, la viuda de Domingo, y termina en Utrero con Agustín, el hijo —decían que bobo— cuya memoria reconstruye al padre a través de sus palabras para recordar al visitante el error de no contemplar el agua con respeto.

Más de un año de trabajo han demostrado que la determinación mueve montañas y, en este caso, voluntades, porque Nuria, el alma del proyecto, ha tenido que bregar con todas las administraciones que son competentes a este lado de la montaña: Confederación, Junta, ayuntamiento de Boñar y junta vecinal. Además, las voces de los seis personajes están acompañados por la versión del 'Viva la montaña viva', de la profesora Patricia Pérez González.

La idea de poner en marcha la Ruta literaria surgió de los profesores y alumnos que el año anterior habían estudiado la montaña oriental en torno al Porma y al Curueño. En ambos casos, la literatura y el paisaje cobraron protagonismo con dos obras de Julio Llamazares: Distintas formas de mirar el agua y El río del olvido. Fueron los alumnos los que decidieron qué personajes de la obra cobrarían vida, cuáles serían las palabras que escuchamos al comenzar el camino y cómo la imagen con las que les contemplamos. Y es que, si bien hubo detalles que más tarde se perfilaron, El eco de la montaña demuestra que implicar a los niños en el desarrollo de su formación repercute en toda la sociedad.

El perro muta en lobo y llegamos al último punto del recorrido. Auspiciados por el sol de los muertos, Utrero se aparece como un fantasma

Reyes, la hija de Inés, cinco años cuando el ingeniero visitó su casa y las convirtió a ella y a su hermana Maria Jesús en huérfanas, nos acompaña hasta llegar al primer ‘checkpoint’ de la ruta. «Os llevo hasta Virginia y regreso», nos dice mientras pasamos ante las palabras que Julio Llamazares tuvo que repetir hasta suavizar el traqueteo de su letra: «Mi paisaje no es solo un territorio; es también la memoria de los que lo habitaron...» En esta frase se esconde el alma de una obra que ya es un clásico de la literatura. Y es que Ainelle, Extremadura, Trasosmontes, Olleros o el Curueño no existían —no, de la misma manera— hasta que él los pobló de palabras.

Virginia es la suma de las pérdidas. Ella llora a su marido y a su hijo Valentín. En un momento de su plegaria ante el embalse se ejemplifica la aflicción y el quebranto: «Y como con mi hijo me pasó con mi pasado. Sepultados bajo el agua del pantano como aquél, aquí quedaron los casi cuarenta años que había vivido hasta ese momento», recita en la novela.

"Esta ruta consigue que las voces que quedaron sepultadas sean ahora el eco de estas montañas", dice Llamazares

La familia de Julio Llamazares fue una de las que tuvo que no pudo regresar. Él partió con dos años —casi no tiene recuerdos—, mucho antes de que la presa sepultara la vida, pero no fue el único. El pantano enterró Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada y Lodares. En 1983 fue desecado y el autor tuvo la oportunidad de regresar, ya con 28 años, a la ruinas de un pueblo convertido en lodazal. Recuerda que fueron dos peces muertos los que le dieron la bienvenida, dos cadáveres y una planta de fresas, un escenario espectral que le marcó de manera definitiva y fue la simiente de la novela y del comienzo de su lucha por la identidad. «La novela se formó en mi conciencia desde el mismo momento que supe que había nacido en un pueblo que estaba sepultado por un pantano», dijo tras la publicación de Distintas maneras de mirar el agua... «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera»... La literatura es reescribir la misma historia una y otra vez.

Las voces de los seis personajes están acompañados por la versión del 'Viva la montaña viva', de la profesora Patricia Pérez González

El perro muta en lobo y llegamos al último punto del recorrido. Auspiciados por el sol de los muertos, Utrero se aparece como un fantasma. En el centro de un escenario mecido por la oscuridad, el mugido de las vacas y el viento silencioso que sube desde el embalse, nos paramos ante los últimos penitentes de la ruta: José Antonio y Agustín.

Para escuchar al primero, el que narra la experiencia vivida por Llamazares en ese aciago día de 1983, hemos tenido que llegar casi al borde del pantano. «Sólo vimos piedras y una fila de pesebres de una cuadra que todavía se distinguía entre ellas», dice el hijo de Domingo mientras los terneros rondan la lámina roja que le devuelve a la realidad. Hay que volver atrás para completar el círculo. Agustín nos muestra la última —la penúltima en la novela— manera de mirar el agua, la forma de escarbar dentro de nosotros mismos y hallar el camino que nos saque del extravío al que la vida nos conduce. El eco de la Montaña finaliza junto a una fuente que un día reunió vida en derredor y, bajo el emblema de un tritón, escuchamos las palabras que nos devuelven de nuevo a la rutina. A partir de ahora, depende de cada uno, de lo que busque...

Llamazares devuelve la voz a Vegamián
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