lunes 21.10.2019
LAS CARAS DE CHERNÓBIL

Del horror a la toma de respiro

Aliaksandra es una de las niñas afectadas por la radiación de la explosión en Chernóbil que durante su minoría de edad viajaba cada verano a España .
Del horror a la toma de respiro

Aliaksandra es bielorrusa. Fue una de las niñas de Chernóbil que cada año viajaba a España para mejorar su estado de salud y conocer la cultura española. Recuerda la experiencia como «inolvidable», como lo es cada año para las familias que acogen a estos pequeños y que reconocen sus temores antes de comenzar la aventura. Al igual que Aliaksandra, que ya tiene 27 años y pasó en España los veranos hasta que cumplió la mayoría de edad, centenares de menores, unos 900 al año, procedentes de las regiones más afectadas por el accidente nuclear tanto de Ucrania como de Bielorrusia, los conocidos como ‘niños de Chernóbil’, siguen llegando a nuestro país.

Y es que a pesar de que no habían nacido cuando explotó en 1986 el reactor número cuatro de la central nuclear, en la ciudad ucraniana de Prípiat, los efectos de la radiación aún afectan a la salud de las nuevas generaciones, según relata a Efe Justo González, presidente de la Asociación Solidaridad con niños bielorrusos Belén.

Desde mediados de la década de los noventa esta asociación es una de las que organizan temporadas de acogida entre familias, en este caso, de la localidad madrileña de Fuenlabrada y con la que empezó a vivir su aventura Aliaksandra.

Salud frágil

La primera vez que viajó a España contaba, como la mayoría de sus compañeros, con «una salud más frágil» y problemas de tiroides, y solo tiene palabras de agradecimiento a su familia de acogida. Lo malo, dice sonriendo, es que «te acostumbras a lo bueno».

En su país se acostumbraron a vivir con el desastre nuclear pero «no se habla mucho de esto», reconoce la joven aunque apunta que eso no significa que las consecuencias hayan desaparecido.

Recuerda, por ejemplo, como cada vez que iba a visitar a su abuela, que vivía en un pueblo fronterizo con Ucrania en el que solo quedaban poco más de diez personas porque el resto lo había abandonado tras el accidente nuclear, las hortalizas y las frutas que cultivaba en la tierra «eran enormes».

Y era gente que no tenía otra cosa que sus tierras aunque estuvieran y estén contaminadas, tal y como apunta también Justo, quien reproduce las palabras de algunos de los habitantes con los que pudo hablar en su primer y único viaje a Bielorrusia: «Esta es nuestra tierra, sabemos que está contaminada. El aire, el agua, todo lo que respiramos, producimos y bebemos nos afecta pero hay que vivir, y hay que comer».

Alimentos contaminados

Los lácteos, las verduras y las frutas frescas son las más peligrosas y que más agentes radiactivos conservan incluso 32 años después de la explosión nuclear, según explica Nieves Sánchez Venega, presidenta de la Federación Pro Infancia Chernóbil.

Por eso, continúa Sánchez Venega, cuando los niños llegan a sus familias de acogida, a pesar de que están asustados y miran con recelo la comida, se adaptan, empiezan a chapurrear el español y... a comerse todos los yogures, batidos (...) que encuentran».

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