viernes 16/4/21
TRIBUNA

Antiguos hidrónimos leoneses

Sajambre, Miñambres, villaquilambre ... Es notorio que en la hidronimia leonesa ocupan una posición hegemónica los cauces cuyos nombres derivan de la voz céltica turi, «rio». En efecto, la misma raíz que aparece en el Turia celtibérico y en el Au•tura galo, subyace en el viejo nombre del Esla, Astura —en celta Ass•tur•a, «el río rápido»— así como en el Torío capitalino o en el Turienzo maragato. Sin embargo, otras denominaciones de cauces, también muy antiguas, se ocultan tras los tres nombres que encabezan estas líneas.

Del primero, Sajambre en el alto Sella, conocemos bien su grafía originaria de Salia amnis. En ella, amnis, que designaba el nombre común del río en latín, sufijaba al prerromano Salia, apelativo de los cauces en la lengua indígena de la montaña leonesa. Así, Salia amnis equivalía en latín a decir «río Salia», es decir, «rio Sella». Aquella remota lengua indoeuropea —bautizada por Krahe como Alteuropäischt— nombraba a los cauces con la raíz sal sufijada en ia. Idéntica voz se aprecia en los cursos fluviales norteños Saja y Saya y también se detecta en la designación vetona del Tormes, Salmantia, al igual que en la también vetona Salia•cum antecesora del actual Sayago zamorano, en la que se hace patente la referencia a otro Salia, el Duero fronterizo en este caso.

Otra raíz vinculada al mismo estadio lingüístico, con la forma Al/Ol y con el sentido de «fluir, manar», dio lugar al nombre de la ría cántabra de Oyambre, evolución de un antiguo Olia amnis en forma similar a la señalada para Sajambre.

En el proceso fonético que condujo a este último desde el Salia amnis inicial, destacan tres aspectos de interés:

—El primero, vinculado a la evolución inicial al Salliame leonés, del que se tienen abundantes referencias por la ruta Salliamica que desde el Alto Esla conducía a Sajambre.

—El segundo, la palatalización de la sílaba final de Salia que condujo a una forma, Saya, previa al Saja definitivo.

—El tercero, quizá más sorprendente pero no menos conocido, es el que dio lugar a la transformación de Amnis en ambre siguiendo la ley fonética que generó en la lengua romance posterior voces como lumbre, hombre o vimbre a partir de las latinas lumninis, hominis, viminis o sus correspondientes acusativos.

La pauta fonética anterior, de notable regularidad bien conocida por los romanistas, si se aplica a Miñambres, el pueblo ribereño del Duerna, permite identificar su aspecto originario de Minni Amnis, por más que aparezca como Villambres en algunas escrituras antiguas influidas por la homonimia con las muchas «villas» medievales y por la interpretación de los escribanos que tendían a ver en el Minni Ambre del lenguaje oral, la corrupción de un supuesto Villa Ambre, debida a la antigua confusión de las lenguas hispánicas entre las labiales b/v y la nasal m.

La memoria fonética popular fue fiel, sin embargo, al Minni Amnis etimológico, que informa claramente de su significado: «el río Minio». Es decir, «el río de las minas».

Significado que concuerda con el hecho demostrado de haber sido el Duerna el cauce minero más productivo de la gran zona aurífera del Noroeste en los tiempos de Roma.

La denominación latina del río, Minni Amnis, debió tener un uso temporal o especializado que no llegó a modificar el nombre indígena del curso fluvial, Ornia, del que derivó Valdornia que, con diptongación posterior produjo Valduerna. El río, que proporcionó su gentilicio al populus de los orníacos, probablemente debía su nombre a la abundancia de cierto tipo de árboles que poblaban sus riberas, a tenor del nombre céltico del aliso, wern, voz hermana de la latina ornus usada para el fresno y el sauce. Árboles de ribera todos ellos.

La presencia de este Miño que aflora en el análisis etimológico, explica, no obstante, el error de Ptolomeo, el geógrafo del Imperio, al señalar el nacimiento del gran río galaico entre los orniacos.

Pero, prosiguiendo con el tercero de los hidrónimos del arranque de estas líneas, Villaquilambre, las pautas fonéticas antes señaladas indican claramente que su forma inicial hispano latina fue vill•kel•amnis, es decir la «villa del río Kel», mostrando con esta voz la denominación anterior del actual Torío.

No se precisa demostrar que el pretendido «posesor», Quirame, del Villaquirame que se muestra en las grafías antiguas, es la evolución leonesa del Villa•Kel•amnis originario que proporcionaría un posterior Villakelame y finalmente Villaquilame, concordante con el Villaquilambre del romance palatino y con el Villaquirame medieval. Baste la comparación con los casi homófonos Castropodame (Castro del pot•amnis, es decir del río Pot) y Castroquilame (Castro del río Quil) ribereños del Boeza —evolución de Pot— y del Cabrera, otro antiguo Kel.

Villaquilambre fue, en definitiva, una villa ribereña hispano romana vecina de la bien conocida y excavada de Navatejera. Su nombre aludía al río Kel, nombre precéltico del Torío.

Tal denominación del río, Kel, es idéntica a la que se muestra para el Duero en dos conocidos topónimos ribereños, O•kelo•duri y Albo•kela, habitualmente considerados como los nombre prerromanos de Zamora y Toro. También aparece, con mayor apertura vocálica, en el de la vieja ciudad de la desembocadura del gran río, Cale, la que diere nombre a Portugal, el «condado de Porto e Cale».

La evolución de aquella voz precéltica, Kale/Kel, proporcionó una forma medieval, poco usada, para designar a los arroyos: Gal. Hoy perdida, puede sin embargo rastrearse su uso en hidrónimos como el de Valmadrigal en los Payuelos. En él, «madrigal» no es otra cosa que «arroyo madre».

Sobre aquella voz precéltica, Kale/Kel, baste señalar que se trata de un alófono emparentado fonéticamente con la raíz Sal citada a propósito de Sajambre, pero más arcaica desde el punto de vista lingüístico. No obstante, hay razones fundadas —que se escapan del ámbito de estas notas— para suponer su presencia en la cuenca, en época más tardía que la de aquella y vinculada tal vez a penetraciones desde el territorio aquitano del Garona, cuyo antiguo nombre Kala,Gala se atestigua en el de su capital ribereña, la Burdi•Cala prerromana que hoy conocemos como Burdeos.

Para ir finalizando: En este breve excurso sobre los viejos cauces leoneses, se aprecian, al igual que en buena parte de la cuenca del Duero, distintos estratos de lenguas indoeuropeas asentadas en el territorio. Probablemente el más antiguo fuere el que denominaba a sus ríos con la voz paradigmática Sal y sus parientes Sar, Salm y Alm, con las que cabe relacionar el Sar galaico y los topónimos ribereños leoneses de Almanza y Almuey en el Cea o los de Salio, Salas y Salamón en el alto Esla.

Sobre este primitivo sustrato indoeuropeo cabe suponer que se asentaron las poblaciones conocidas históricamente como cántabros y vacceos.

Con posterioridad se aprecia la aparición de gentes que llaman a sus ríos con la forma Kal/Kel, con fuerte presencia en todo el Duero y territorios limítrofes. Todo apunta a ver en ella una variante arcaica de la voz sal de las lenguas alteuropäischt.

Más tarde, pocos siglos antes de la presencia de Roma, se evidencia la profusa denominación de los ríos con la voz céltica Turi, cuyo vestigio más notorio es el viejo Astura, el Esla. La presencia de esta lengua y su cultura debió ser muy nutrida en las vegas de León y Zamora —a las que caracteriza dando lugar al etnónimo de astures, es decir, «los ribereños del Astura»— dominando y uniformizando en buena medida el mosaico étnico anterior, en un largo proceso del que quizá el último episodio fuera la presión ejercida sobre los vacceos, mencionada por los historiadores de Augusto como justificación de la guerra astur.

Sobre aquella cultura, la del populus astur, la invasión de Roma y su nueva lengua supondría una fuerte transformación, aunque quizá también el surgimiento de una mayor conciencia como pueblo, vinculada al desarrollo de Astúrica y la presencia de la cabecera del convento jurídico de la demarcación en Astorga.

Tras la invasión árabe que desestructuró el territorio romanizado, el nombre de los astures —paradojas de la Historia— quedó unido a unas tierras y unas gentes que, en puridad, no eras astures: los de las Asturias históricas, que en realidad eran más cercanos lingüísticamente a los cántabros y que habían sido incluidos por Roma en el conventus asturicense con el apelativo de transmontanos.

Cuando retrocede la marea del Islam, los antiguos ribereños del Esla habían olvidado definitivamente su vieja lengua y habían dejado de ser y sentirse astures. Legio había sustituido a Astúrica. Había nacido un reino.

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