viernes. 03.02.2023

Aquí vamos, lector, un año más. Los primeros síntomas de la recuperación económica parecen evidentes y objetivos. Pero si preguntas a los empresarios y autónomos percibes que se trata de un optimismo con abolladuras. Expresado en términos de taller de automóviles: el motor vuelve a funcionar, pero la chapa acusa los efectos de un viaje demasiado largo por carreteras en muy mal estado. Un optimismo responsable. De chavalín, uno de mis personajes preferidos de los tebeos era Feliciano; si se caía en un agujero, dentro había un tesoro; si era desde un ático, en ese momento pasaba justo por debajo de su trayectoria una alfombra voladora. Así hubiese sido optimista hasta Buster Keaton, a quien su estudio le había prohibido por contrato dejarse fotografiar sonriente, pues iba contra la imagen melancólica de su exitoso personaje cinematográfico. Aquella creación de Vázquez tuvo una corta existencia. No conocí a nadie que lamentase el paso de Feliciano a mejor vida, que en su caso era difícil, pues lo suyo era una bicoca. Su optimismo sin abolladuras era demasiado inhumano incluso para quien tiene tinta en las venas.

Por cierto, según el horóscopo chino, 2015 es el año de la cabra. No diré que me haya sorprendido, pues tendremos elecciones. Si uno fuese de chiste fácil tendría ya resuelta la columna, pues así sin más se me ocurren dos o tres ocurrencias sarcásticas sobre ello. No lo haré, las cabras no tienen la culpa de lo que los humanos nos hacemos. Aunque algunos con más insistencia que otros. Dios los cría y ellos se embisten.

Te deseo, lector, que este año lo empieces y lo termines con optimismo, no con el de Feliciano que era un cantamañanas. No le llegaba a la suela de los zapatos a Anacleto, maestro de la mala suerte, a quien este año veremos en la gran pantalla interpretado por nuestro paisano Imanol Arias. Te deseo el justo para que cada mañana al levantarte proclames como en la canción de Serrat: «hoy puede ser un gran día». Y que finalmente lo sea, pese a sus reveses. El mejor optimismo carece de razones fundadas, ni siquiera necesita del final feliz. Está en nosotros como un tatuaje, como una paradoja elegida. Y sobre todo te deseo esperanza, aunque sea con abolladuras.

Con abolladuras
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