jueves. 09.02.2023

Cualquier hospital es un lugar insólito dotado de vida propia. Un hospital no es un edificio convencional, aunque a primera vista lo parezca. Tiene fachada, ventanas, puertas, cuartos de baño, televisores, camas, salas de espera, en el tejado antenas de televisión y de comunicaciones. Podría ser un inmueble como tantos otros, pero no lo es. Acaso la mayor diferencia sea que es un territorio casi siempre de paso, puede que unos cuantos días, o tal vez algunas semanas, y luego, al salir, no queda otro remedio que permitir que otro huésped ocupe la cama que fue de alguien, acaso de mi cuerpo doliente, cuya sombra persistirá incluso con la lencería renovada. Un hospital es un paraje inaudito que nos pone en alerta, tal vez bautizándonos con un miedo algo irracional, también desacostumbrado. Sentimos temor ante la posibilidad de ser clientes ocasionales, porque detrás de la enfermedad viene el efecto secundario de la indefinición sobre cuál será nuestro futuro.

Todos somos asiduos y esclavos de las enfermedades en mayor o menor medida; un tributo universal que nos hace afortunadamente iguales, tan idénticos que es cuando ya no hay lugar para discrepancias políticas, clases sociales y cuentas bancarias. La enfermedad es el envés de la vida, su segunda piel, que todo lo trastoca porque no estaba en la hoja de ruta abandonar nuestro espacio de confort. Antes o después, lo queramos o no, conoceremos el dolor, otros síntomas, otros signos, otras ansiedades, otras disneas, otras fiebres, y los días nos resultarán diferentes a cuando la salud no nos hacía pensar en ninguna debilidad. Sin embargo, serán bastantes quienes no pasearán sus pantuflas de enfermos en las estancias hospitalarias; incluso también serán muchos los que nunca han puesto sus pies de visitantes en un centro hospitalario.

Y aquí radica un hecho primordial: habría que buscar el modo de que «nadie se librara» de conocer el intramundo de un Hospital. Este ejercicio obligatorio remodelaría los prejuicios y ablandaría la tendencia natural a las reclamaciones y a las exigencias relacionadas con la atención sanitaria. Cuando se considere indispensable por criterio propio, a nadie se le puede coartar el derecho a la denuncia y a la discrepancia, donde entrará en acción la Justicia ordinaria. Pero hay un abuso innecesario, muchas veces por desconocimiento y también por una inquina mal disimulada, de reclamar, de exigir, de mostrarse disconformes con las atenciones recibidas, casi siempre vehiculadas por familiares entregados con fanatismo a la protesta. Cada lugar hay que medirlo con vara distinta, y así un Hospital no puede ser juzgado sino « cómo es y qué representa».

Largos pasillos silenciosos en las noches del Hospital Monte San Isidro. Pasillos silenciosos de 100 metros que en las noches se ven alterados por los pasos rápidos de una enfermera que tiene que poner un gotero con Nolotil; por el susurro de una doctora que habla con alguien que aguarda una información; por el ruido quedo de un carro de curas; por alguna auxiliar que tiene que cambiar la ropa mojada de orines de una cama; por los pasos fugitivos de un familiar; por el cuchicheo de un televisor sin apagar; por la urgencia de un celador que maneja una silla de ruedas; por el espectro del encargado de la seguridad; por el lamento de una enferma de la habitación 320 que puede que su incomodidad sea más por el abatimiento de la soledad que a causa del dolor físico. Es en las noches cuando más se manifiesta el intramundo de este Hospital invadido en el exterior por eucaliptos, corzos, conejos y algún jabalí entrometido. Antaño refugio para tísicos, hoy en día es un indispensable brazo ejecutor del Hospital Universitario de León, especializado desde hace unos cuantos años en tratar a enfermos mayores y reducto en algo tan esencial como son los cuidados paliativos.

Denostarlo sin más, hablar para no decir nada, dejarse llevar por una corriente de opinión poco favorable, es una verdadera injusticia, donde los perjudicados son todos: los enfermos y los trabajadores de la salud. ¿Cuál es el porqué de esta tasación social? Acaso solamente sea la consecuencia de un mimetismo tertuliano, poco consistente: alguien dijo en un momento algo negativo y la murmuración ha hecho el resto. El ejercicio de la Medicina está sujeto a claroscuros, puesto que la vida y la salud no son el resultado de una fórmula matemática. Lo que se pide a quienes trabajan en el Área Sanitaria es una disposición total y que los errores se minimicen en lo posible. En definitiva: que se entreguen a la curación. No hay duda de que pueda haber deficiencias, pero serán en su mayoría de contenido estructural. Seguramente, su dotación podría (y debería) ser mejor, si se la compara con el Hospital de los Altos de Nava. Y aquí el olvido de los responsables ha sido manifiesto, reiterado, con escaso interés para buscarle soluciones, una circunstancia que pone en entredicho la ecuanimidad necesaria en este tipo de instituciones.

Donde el Hospital Monte San Isidro no se queda atrás es en la profesionalidad de sus integrantes. Lo puede comprobar cualquier observador imparcial que no tenga cataratas incipientes y el cerebro con las neuronas en fase weekend. Basta con asistir al trajín de las mañanas. Del silencio nocturno en esos pasillos surge una transformación mágica. El cometido de cada cual se ejecuta con la mejor disposición. Es un barullo perfecto, insuflado de prestancia: extracciones de sangre, control de la temperatura y la presión arterial, curas, reparto de la medicación, aseo de los enfermos. Al poco, todo quedará listo para los desayunos y la visita médica. Atrás queda el silencio de las noches eternas. Hasta una tribu de corzos se atarearán en contemplar en las mañanas los ventanales de la cara oeste del Hospital. Todo es una perfomance que invita a la reflexión; una hazaña para acallar las voces discordantes. Puede que haya quienes continúen con su cantinela negacionista; bobalicones de lengua rápida y escasa masa cerebral. No se trata de encumbrar, sino de ser neutrales. Nada es perfecto, pero tampoco siempre imperfecto. Y es bastante probable que algunos continúen con su cantinela peyorativa, incapaces de reaccionar. A estos, como no sería factible que se atendieran a razones, yo les propondría enfermar y pedir ser ingresados en el Hospital Monte San Isidro. Acaso así se enfrentarían a la tesitura de cambiar de opinión.

Largos pasillos silenciosos en las noches del Hospital Monte San Isidro
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