viernes 3/12/21

«Absoluto» es definido según la acepción 4 del diccionario de la lengua española de la RAE como «dicho de un rey o de un gobernante: Que ejerce el poder sin ninguna limitación». Pedro Sánchez «entró en Moncloa, quedó fascinado por el oropel del cargo y se instaló a su manera en el absolutismo monárquico. Absolutista de mentalidad y monarca metafórico. O aspiracional. Opaco Sánchez se ve a sí mismo como ‘Yo, el Rey’. Pero a la antigua usanza, del tiempo preconstitucional» (J. Quirós).

Primero Fernando VII, después Pedro VIII. Pedro VIII ‘el absoluto’. Con Pedro VIII, el retroceso político y social en la España de hoy no consiste solamente en volver al guerracivilismo del 34 del siglo pasado. Su horizonte se sitúa bastante más atrás. Se encuentra más lejano aún. Está en el peor de los absolutismos del siglo XIX, superando al ejercido por quien recibió el sobrenombre de ‘rey Felón’, y en la no menos dañina y tarambana intención de implantar una estructura territorial inspirada en el proyecto de Constitución Federal Española de 1873, en cuyo primer artículo se decía qué Estados componían la Nación española, permitiéndoles conservar las provincias o modificarlas según sus necesidades territoriales. Eso es lo que pretenden los separatistas y golpistas catalanes con la instauración de una administración arcaica y medieval, las veguerías; y la anexión de Navarra, anhelada por los filoetarras, y la soberanía previa a 1839 ahora planteada por las otras familias nacionalistas vascas. «Por desgracia la política española vuelve al cantón de Cartagena. ¡Disgregador y maldito cantonalismo español!» (N. Redondo Terreros).

«En la previa del congreso que celebrarán los socialistas en el mes de octubre en Valencia, el mensaje de Sánchez no admite dobles interpretaciones ni confusión alguna: Es él quien va a tomar todas las decisiones, es él quien manda de forma absoluta, es él quien va a elegir personalmente a los miembros de la nueva dirección… es él quien tiene el poder absoluto y lo va a ejercer sin tener en cuenta la trayectoria de los elegidos y de los cesados, sus lealtades o sus capacidades. Él y solo él es quien, como los antiguos emperadores romanos en los combates circenses de gladiadores, tiene el poder sobre la vida y la muerte. Y además lo ejerce… El PSOE, una organización antes plena de debate y vida interna y que ahora, bajo el mandato de Sánchez se ha convertido en un ente miedoso, acojonado, servil y vacío, un partido en el que incluso los sanchistas de primera hora saben perfectamente que su futuro político no depende de su peso orgánico o de la eficacia de sus acciones, sino de la caprichosa voluntad de un Pedro Sánchez para quien no son más que peones sacrificables en la próxima jugada de un tablero político que ni siquiera conocen» (C. Calderón).

Si Superman Sánchez exhibe un poder absoluto dentro del partido —la SS, la Secta Sanchista—, lo mismo pretende desde la presidencia del Gobierno. No se conforma con dirigir el poder ejecutivo, controlar el poder legislativo y que la fiscalía general del Estado y la abogacía del Estado estén a su servicio, sino que aún quiere más poder y sin limitación alguna. Es evidente que desde hace tiempo también anhela asaltar el poder judicial, «último dique de contención, que un día podría sentarlo en el banquillo» (J. Cacho). Pedro VIII concibe el poder como algo absoluto, a la manera del abuelito; y es que el sanchismo es semejante y similar al franquismo.

Antes de que se celebre el referido congreso de octubre, ‘el doctor plagio’ ya ha dejado pruebas de que Su Persona está por encima de leyes y de quienes las aplican. Lo hizo cuando decretó los estados de alarma con motivo de la pandemia. En el primero de ellos restringió abusivamente libertades esenciales que deberían haber sido amparadas por un estado de excepción y no por un estado de alarma, motivo por el cual el Tribunal Constitucional sentenció en el mes de julio su inconstitucionalidad. Y el segundo estado de alarma, que también será declarado inconstitucional por el mismo Tribunal, salvo maniobras de última hora, lo dictó por un período ininterrumpido de seis meses sin que hubiera control parlamentario al Gobierno y atribuyó indebidamente a las comunidades autónomas medidas restrictivas de libertades fundamentales que no les correspondía adoptar. Para su holganza lo llamó «cogobernanza».

Y volvió a hacerlo con motivo de los indultos concedidos a los separatistas del ‘procés’ condenados por sedición y malversación. Un ‘golpe de gracia’ autoritario con el que quiso trasladar a la sociedad española el mensaje de que él es quien manda. Ni leyes, ni jueces, ni leches. Él y solo él. Su persona. Su Sanchidad, Pedro VIII ‘el absoluto’. Era el peaje a los independentistas catalanes para asegurar su apoyo con el que poder seguir disfrutando del colchón de La Moncloa.

Miedo da pensar cómo aplicaría, caso de ser aprobada, la nueva ley de Seguridad Nacional que el Consejo de Ministros estudió el 22 de junio pasado. Una ley hecha a la medida del caudillo Sánchez, al que otorga capacidad plenipotenciaria para que, en situaciones de crisis, actúe sin controles democráticos al desaparecer los contrapesos al Gobierno. «Por eso asusta que el Ejecutivo, el de Sánchez, pretenda ser absoluto, sin límites terrenales, e irresponsable ante el Poder Judicial, el Tribunal Constitucional y las Cortes. Desde luego, el concepto de responsabilidad no es lo suyo. Quizá es porque son socialistas y la culpa siempre la tiene otro» (J. Vilches). Próxima estación, confiscar al estilo chavista: ¡exprópiese!

«Legislar para asumir poderes extraordinarios y evitar el control parlamentario no es progresismo, es absolutismo involucionista» (I.D. Ayuso).

Pedro VIII ‘el absoluto’
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