viernes 3/12/21

No fue una gresca montada por un grupo de borrachos de los que podríamos esperar cualquier dislate. No. Fue una simple discusión de un cliente con una camarera. ¿Por qué la sopa estaba muy caliente o demasiado fría? ¿Por qué la carne estaba poco hecha? ¿Por qué el postre estaba muy azucarado? Ignoro el motivo, pero para que un hombre se enfrente a una trabajadora de un establecimiento no se me ocurren razones de altas finanzas o de orientación política, ni siquiera disparidad de criterios sobre qué futbolista tira mejor a puerta. Simplemente creo, como opinaba Leonardo Da Vinci: «Quien de verdad sabe de qué habla no encuentra razones para levantar la voz».

El asunto del que, repito, ignoro los motivos, estaba tocando cotas desagradables para otros parroquianos. Uno de los cuales a los que quizá no haya alcanzado la ola de agresividad que nos invade, más pacífico, educado o caballero —que también los hay— quiso interceder para detener al energúmeno quien, con sus berridos y manoteos, parecía querer tragarse a la mujer.

Sin atenerse a razones, el iracundo sujeto, creyéndose, sin duda, en posesión de la verdad, no solo de la circunstancia que estaba atravesando, sino de todas las verdades universales, le respondió con un puñetazo y salió del local a buscar ayuda.

Hasta aquí desconcertante; pero a partir de este momento una total vesania y enajenación.

El individuo, inexplicablemente, no solo consigue ese apoyo, además los compinches con los que regresa al establecimiento se prestan a patear y golpear al inocente mediador hasta romperle los huesos, hacerle saltar varios dientes y sufrir una contusión facial, consiguiendo dejarle en un estado que le impidió regresar a su trabajo durante varios meses.

Y ahora interviene la justicia: dos meses por delito de lesiones y un año por la pérdida de los dientes. No obstante, después de un dedo admonitorio y unos buenos consejos —supongo—, esta última quedará suspendida si el exaltado cliente no desguaza a otra persona en el plazo de dos años.

No es de extrañar que el acusado hallara compinches que se prestaran a golpear al inocente mediador. Todos sabemos que aquí no pasa nada. ¿Por qué vamos a privarnos de lo que nos pida el cuerpo?

¿Y la víctima? ¿Y sus dolores? ¿Y sus inconvenientes a la hora de cumplir con su trabajo o sus necesidades higiénicas y vitales? ¿Y su miedo a salir y encontrarse con otra panda de indeseables que les apetezca golpearlo de nuevo? Pues nada. Todo eso se «tapa» con 23.500 euros.

Si el asunto es cuestión de dinero, muchos quizá no lo hagamos por carecer de él pero, ¿y si lo tuviéramos? ¿Nos privaríamos de agredir a un inocente o pasaríamos las largas tardes de invierno repartiendo mamporros al primer iluso que se nos cruzara, hablando de paz y concordia?

Como decía Chateaubriand: «La Justicia es el pan del pueblo; siempre está hambriento de ella».

Estamos hambrientos de justicia. No porque queramos vengarnos del delincuente porque buscamos proteger a nuestros hijos, ancianos y a nosotros mismos. Porque sabemos que hay gentes que no entienden las buenas palabras y muchos de nosotros queremos vivir en paz. Nos queda la esperanza de la opinión de Séneca: «La injusticia no gobierna para siempre».

Pelea de bar o el descontrol de la violencia
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