jueves. 30.06.2022

El feliz nacimiento del hoy famoso pinchito español no se produjo en Andalucía, ni en Vascongadas, por mucho que algunos cocineros actuales se empeñen en decirlo y afirmarlo. La verdad es que el origen auténtico, verdadero, de esta ya tradicional y extendida buena costumbre, reparadora de todos los sentidos, viene de mi pueblo, de Villafranca del Bierzo.

Me lo contó, y demostró, doña Cayetana Rodríguez Yebra, una excelente cocinera profesional que a principios del pasado siglo XX lo puso en marcha en una vieja bodega y lo expandió luego por todos los hoteles de España en los que trabajó, con especial amor y dedicación en el famoso Hotel Condesa de Villafranca, asombrosa maravilla muy mencionada por los escritores Ramón Carnicer y Antonio Pereira.

El «invento», fue «culpa» de una mala cosecha de uva y aún peor elaboración del vino, que produjeron como resultado final una «purrela» de tan mal sabor que no había forma de beberla sin arrugar el morro y chillar. El dueño, en vez de tirarlo «al por mayor» a la alcantarilla, o hacer vinagre, como le apretaba demasiado la necesidad económica, tuvo que ponerlo a la venta, al por menor, para ser saboreado y navegado a «palo seco», en jarros, en chanqueiros, en chiquitos, que ni los más fieles parroquianos podían tragar.

Entonces fue cuando, después de mucho pensar como disimular el mal sabor del «caldo», se puso en marcha la gran idea de acompañar el «viñayo» aquel con una sardinilla en aceite ensartada con un palito en un trocín de pan de centeno «feito con furmiento», y otras veces algo vegetal, al natural, sin cocinar, o cocinado, frío o caliente. Así nacieron, para los clientes, «as patacas asadas, sin pelar», abiertas por el medio y condimentadas con pimentón picante, sal, y algo de aceite. Y también los pequeños pocillos de sopa de ajo, las castañas asadas, los pimientos en vinagre, el tocino de panceta frito y los trozos de chorizo de «sábado», cocido en agua o en vino.

En la parte más ventilada de la célebre y pionera bodega, encima de un viejo cubeto de madera de moral, habían colocado una bonita fresquera de fino roble español, con dos baldas, repisas o estantes interiores, protegida con una bien tupida tela metálica, que dejaba ver, y hasta exhibía, fuentes de loza blanca con estos exquisitos pinchitos variados que llamaban la atención y abrían el apetito de los más desganados y alicaídos.

En años posteriores, ya con buenos vinos, los villafranquinos, tan mal acostumbrados a la buena vida, no consintieron que desaparecieran de las bodegas tan sabrosos manjares, y se hicieron exigentes.

A partir de aquí, el «pincho» se fue extendiendo, tomó carta de naturaleza, se hizo famoso.

Y como lógica consecuencia de este gran hallazgo gastronómico-social también se hizo imprescindible y egregio el palillo o escarbadientes, útil utensilio muy arraigado en el amado Bierzo, especialmente en los días festivos, de feria, de mercado.

Así pues, desde hace más de un siglo, se sabe que llevar un palillo en la boca —e incluso en la oreja— supone un signo de distinción y una muestra evidente de tener posibles, y hartura. Préstese pues atención y reconózcase ya, definitivamente, que un señor que lleva un palillo entre los labios, y lo mueve con la lengua, es un ser que no se priva de nada y que, por lo menos, sí ha pinchado ya unos buenos rabitos de pulpo, o unas mollejas. Pero, amigos, tengan cuidado a la hora de juzgar y no se dejen engañar por las apariencias: hay muchos desaprensivos, falsarios, que ni siquiera lucen el palillo del día. ¡Fíjense bien!

Yo creo que, en el futuro, el único problema de supervivencia que puede tener el práctico palillo es, evidentemente, que algún esclarecido grupo descubra en él connotaciones patriarcales, machistas, provocadoras... (señores académicos de la lengua, creo que en este caso «provocadoras» debería escribirse con «b»).

Así pues, la verdad es, queridos amigos, que el pincho es natural de mi pueblo, de Villafranca, lugar precioso a orillas del amado río Burbia: «Burbia, único gozo de los álamos tristes», que ha escrito José Nieto Fernández, y «Burbia, que tienes corazón berciano», de Gilberto Núñez Ursinos, poeta, fabulador empedernido fallecido hace 50 años, que recibirá público homenaje en el Teatro Enrique Gil y Carrasco, hoy, sábado, día 11, a las 20 horas. Ya saben: «Si el escritor es de Villafranca, la calidad literaria está asegurada», «Ser poeta es una circunstancia atenuante», «Los poetas deberíamos ir por la vida como las ambulancias». Juan Carlos Mestre y Julio Mauriz Nieto dicen que sí, que tengo toda la razón.

A los lectores de Diario de León les invito a disfrutar de los riquísimos «pinchos» que se sirven en Villafranca, villa encantada y encantadora, ahora conocida como «La Pequeña Compostela, y, entonces, a comienzos del siglo XX, «La Perla del Bierzo» y «La Reina del Bierzo».

A partir de ahora, todo el mundo ya conoce que el «pincho» es original de mi querido pueblo.

Lo digo yo, que jamás he contado una mentira.

El que esté libre de culpas...

Con toda Burbialidad.

(Homenaje a mi maestro y amigo Gilberto Núñez Ursinos, poeta, fabulador empedernido, fallecido hace 50 años).

El pincho es original de Villafranca del Bierzo
Comentarios