miércoles. 01.02.2023
MANUEL Martínez, hercúleo lanzador de peso, famosísimo por sus éxitos en el deporte de competición, se presenta a concejal. Un deportista que entra en la política municipal puede aportar elegancia, la del saber ganar y perder, y , además del ejemplo personal de actividad física y mental, fomentar algunas costumbres positivas. Las ciudades agradables, de calidad vital caliente, siempre ofrecen lugares de convivencia tranquilos, calles y barrios en los que predominan el caminar y poder salir en bici, favoreciendo al transporte público frente al coche particular, crispador de nervios y padre de atascos. El autobús urbano consume menos de la tercera parte de energía por viajero y kilómetro que el vehículo privado, y no digamos lo que significa contar con carriles bici, olvido inconcebible en urbes llanas, caso de León, Astorga, La Bañeza o Ponferrada, huérfanas en planificadores coherentes. Disfrutar del alma, de la esencia del lugar de residencia, necesita paz, amistad vecinal y cultura, nunca prisa agobiada. La actitud de peor cura, nefanda, es la del telesillón, la contemplación del televisor anestesiante, tirano de familia apoltronada en silencio, esclava de personajes, partidos de fútbol y programas que inducen inactividad mirona. Tal seducción, favorecedora de barrigas flácidas, piernas blanditas e invasión cerebral por ideas descafeinadas y propaganda consumista atroz, difícilmente se contrapesa con efímeras visitas al gimnasio, la piscina, o el polideportivo, tras sube y baja en ascensor y coche al potro de torturas que nos devolverá apolíneos. Disminuir el cajatontabol y el chandalexhibicionismo hortera, de ir de compras adornado por Nike, Adidas, Puma y otras caras marcas, tiene difícil cura sin pelear por una ciudad deportiva, estadio olímpico en sus calles, plazas y jardines, cancha para la peatonalidad que no pelea por medallas. Correteo por La Candamia mientras vaticinan -sin fecha- que la Cultural, ascendida, goleará al Madrid.

Política atlética
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