domingo 5/12/21

El machismo mata, empobrece y atonta, por este orden». Así lo resumió hace años la ilustre filósofa y feminista Amelia Valcárcel. Fiel a esta definición, el machismo y sus violencias siguen imparables en España.

La cultura machista, aún hoy, se mantiene viva y con toda la crudeza que le caracteriza. Su extremo más cruel queda probado con los asesinatos de 36 mujeres durante este año en España por parte de hombres que eran o habían sido sus parejas, y 1114 desde el año 2003 cuando se empezaron a contabilizar específicamente estos crímenes.

Han sido muchos e importantes los avances en esta materia, pero cada paso adelante encuentra fuertes resistencias por quienes niegan o desvirtúan la violencia hacia las mujeres con medias verdades (mentiras, al fin y al cabo) cuyo único objetivo es crear confusión y desacreditar a un movimiento feminista que ven como enemigo a batir. El feminismo ha sido y es una gran herramienta de transformación social y política que interpela también a los hombres como parte favorecida de un orden social patriarcal cada vez más obsoleto.

La igualdad entre mujeres y hombres se ha ido extendiendo paso a paso y aún más en las últimas décadas, pero la tarea es colosal y de muy largo recorrido. Puede causar desánimo comprobar que las leyes y políticas públicas desarrolladas en este ámbito no han permitido reducir significativamente los asesinatos machistas. Pero hay que ser conscientes de que la cultura cambia mucho más despacio que las leyes. El núcleo duro del machismo se mantiene y adapta a las circunstancias, encontrando nuevos caladeros entre los jóvenes a través prácticas novedosas en su apariencia externa, pero arcaicas por cuanto siguen alimentando discriminación y violencia hacia las mujeres.

El feminismo ha sido y es una gran herramienta de tranformación social y política que interpela también a los hombres como parte favorecida de un orden social patriarcal cada vez más obsoleto

En todo esto hay un protagonista «oculto»: es la tolerancia o pasividad social de quienes no ponen todos los medios a su alcance para erradicar todas las violencias machistas, la mortal y las otras. Esas otras son, por ejemplo, la mercantilización del cuerpo de las mujeres, la trata y explotación sexual, la explotación reproductiva por alquiler de vientres, las violaciones, el acoso sexual, la discriminación laboral y salarial, la imposición de roles de género, el descrédito de las luchas feministas, la invisibilización de las mujeres en la historia, la violencia simbólica y sexista a través del lenguaje, la cultura, el arte, el humor o la publicidad. Todas ellas son claros ejemplos de desigualdad y violencias contra las mujeres.

Los hombres no somos culpables del sistema patriarcal, pero sí responsables de reproducirlo a través de nuestras acciones y omisiones. Tenemos un papel específico que jugar para revertir tantas violencias hacia las mujeres y emprender el camino necesario hacia la igualdad. Sólo desde la igualdad será posible erradicar de verdad la violencia. Por ello, o se está contra la violencia machista o se acepta. No cabe la neutralidad ni la pasividad. De nada sirven declaraciones y buenos propósitos si no van acompañadas de acciones. Si no lo hacemos así, estaremos siendo cómplices del machismo y sus violencias.

No es que todos los hombres seamos así, es que ese es el modelo que se nos asigna desde la cultura y la sociedad y marca unas pautas para ejercer el poder «como verdaderos hombres», ya sea en la pareja, en la familia, en la empresa o en la política.

Todos nosotros, varones, desde que nacemos somos educados para el privilegio respecto a las mujeres y formamos parte de un orden social y una cultura que nos ofrece tantos dividendos. Ese sistema se está desmoronando y tenemos que adaptarnos a la nueva realidad, porque de lo contrario la misma estructura que sostenía nuestros privilegios nos arrastrará en su derrumbe. Será bueno empezar por tomar conciencia de que somos hijos del machismo y si no hacemos nada frente a él seremos rehenes y cómplices del mismo. Si no queremos que nos confundan con maltratadores, acosadores, violadores o puteros, debemos dar un paso al frente para dejar bien claro y con hechos que estamos luchando contra el virus machista que nos han inoculado y hemos asumido, pero ya no queremos sostener.

Por eso se están incrementando los llamamientos a los hombres para dar la cara contra la violencia machista. El efecto será mayor si lo hacemos de modo colectivo y abierto para que otros hombres se puedan sumar sin miedo a la movilización y el rechazo a la violencia sobre las mujeres. Debemos actuar porque de lo contrario «el silencio nos hace cómplices».

El problema está en los hombres
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