jueves 6/8/20

Suave lamento de luz

Quedé con la escritora Elena Santiago en uno de los bares próximos al Parque del Cid. El encuentro lo prepararon sus hijos, a petición mía. Hace más de treinta años la entrevisté para este periódico, pero el que ella viva en Valladolid llevó a que no nos hayamos tratado, pese a que me gustan mucho sus libros. Qué carisma tiene esta leonesa de Veguellina de Órbigo. Lo sé, lo sé, Santa Teresa advertía que el carisma no es virtud por sí mismo. Pero es que el de Elena está hecho no solo de energía y liderazgo, sino también de bondad, que ya son galones mayores. Los familiares y los amigos nos dejaron hablar aparte, de lo nuestro. O sea, de todo aquello que cabe en una frase corta, en un bolsillo, en un gesto de complicidad. Me habló con suave lamento, sin entrar en detalles ni en ajustes de cuentas, de las dificultades que en su generación han tenido las mujeres escritoras. Recalco lo de «suave lamento», porque su mundo personal es ajeno a las frustraciones, pues lleva mucha luz en las venas. En un episodio de «Cuéntame» se mostraba unas imágenes de archivo sobre un debate televisado entre escritores: ella era la única mujer. Por supuesto, claro que había más en España en aquel momento. En nuestra literatura «seria» las mujeres han venido representando la letra pequeña, discriminación que ya está cambiando. Su caso me recuerda mucho al de Margarita Merino. Si en este país escribir es llorar, para las mujeres ha sido hacerlo con lágrimas mudas; o más exactamente, silenciadas. Pero nada ha podido frenar la capacidad de nuestra paisana para mirar al mundo con los ojos del amor, con un vitalismo épico. Sí, sus heridas no sangran, porque queda aún mucha luz en sus venas.

Ha presentado en días pasados «Mat y Pat. Vuelo de Niños» (Eolas). Una deliciosa indagación en la poesía para niños -a través de sus nietos-, ilustrada con prodigiosa delicadeza por Ángeles Peinador. Parece escrito a golpes de xilófono. «Insisten los niños/ ¿somos nosotros los malos?», se dice en un poema.

Excelente escritora carismática, tatuó con sonrisas aquella mañana de sábado. Y su suave lamento, proclamado sin rabia pero con verdad, permaneció en el aire mucho después de que la escritora se hubiese marchado.

Suave lamento de luz
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