jueves 9/12/21

Leía, hace ya un cierto tiempo, en este mismo espacio del periódico, un magnífico artículo firmado por D. Casimiro Bodelón en el que ponía de manifiesto verdades como puños en referencia a la actitud de muchos políticos, por una parte, pero también de otras muchas personas que deberían hablar y que callan o hacen la vista gorda ante situaciones bochornosas propiciadas por nuestros (des) gobernantes. En este caso, el asunto iba sobre la nueva Ley de Educación, gestada y parida por personajes de infausta memoria. Es de justicia remarcar que en ese mismo artículo elogiaba la valentía y la lucidez de Muro de Íscar y Francisco Rosell sobre el particular.

Yo, por mi parte, estoy totalmente de acuerdo con la argumentación central de lo expuesto, pero no solo en cuanto a la Educación se refiere sino ampliado a múltiples esferas de nuestra convivencia. Ese silencio, no solo de ciertas personas sino de la sociedad en general, admite distintos calificativos: connivente, cobarde, interesado, irresponsable, amodorrado, propio de la ignorancia o de la vagancia o, remedando a Pérez Reverte, fruto de la golfería y la gilipollez que tanto nos define.

Vengo leyendo y observando que cada vez se escribe y se habla más sobre esta sociedad nuestra que no reacciona como cabría esperar. Lo he manifestado en varios artículos, de ahí el título de «suma y sigue» de éste. Es posible que, a fuerza de denunciar, insistir, ponerse incluso pesado con el tema, se logre despertar al personal y que éste reaccione en consecuencia. Ojalá que así fuera. Pero como los grandes problemas habitualmente no se resuelven con «soluciones» simples, me ha dado por pensar que, quizás, hoy por hoy ese problema no tenga solución. De hecho, algunos amigos y allegados me han insistido en que comprenden mi punto de vista sobre el particular, e incluso lo comparten, pero que el grito metafórico que yo lanzo (y otras muchas personas, no solo yo, obviamente) se pierde entre el bullicio de otros intereses del vivir de la gente que busca soluciones a sus problemas del día a día. Es más, algunos me aseguran rotundamente que este asunto en cuestión no tiene remedio, solución alguna. Que, quizás, más adelante cuando el cuerpo social no aguante más, acaso, por las bravas, surjan las soluciones necesarias. Me dirán que eso es un error, que no dar la importancia que tienen los problemas colectivos es de un egoísmo miope y desinformado, lamentablemente. Y ahí es donde yo planteo mis dudas, si bien no renuncio a la esperanza.

Me dirán que eso es un error, que no dar la importancia que tienen los problemas colectivos es de un egoísmo miope y desinformado, lamentablemente. Y ahí es donde yo planteo mis dudas, si bien no renuncio a la esperanza

Primera duda, ¿acaso está la sociedad humana española programada, condicionada, incluso «genéticamente» en el sustrato del inconsciente colectivo, para comportarse como lo está haciendo? Si así fuera, si la cultura solo sirve para maquillar un determinismo implacable, quedando la libertad escuchimizada y como mero aditamento superfluo y decorativo, apaga y vámonos, esperando a que los dioses no sean demasiado crueles con este trozo, troceado y lelo del planeta. Yo, de momento, me resisto a tal salida, que no solución.

Segunda duda, ¿acaso estamos aferrados a unas creencias, a unos prejuicios, a unas convicciones infantiloides, según las cuales «alguien» solucionará nuestros males? ¿Y que ese «salvador» se llama Europa, o los mercados o las diferentes instituciones o potencias mundiales, y que nuestra actitud es la de «Esperando a Godot»? Porque lo de creer que los políticos van a solucionar el problema de nuestra singular idiosincrasia, sería esperar a las peras del olmo. Es de sobra conocido que los políticos se aprovecharán más bien, salvando las honrosas excepciones, precisamente de nuestra singular idiosincrasia.

Tercera duda, ¿acaso se está gestando, calladamente, la solución, germinando en silencio, oculta a la mirada de la gente como lo hace el grano de trigo para finalmente convertirse en una hermosa espiga? Demasiado poética, ingenua e incluso dulzona me parece la metáfora. Espero que sean benevolentes conmigo, pero es que, a veces, me dejo llevar por el tirón de mis raíces camperas.

Cuarta duda, ¿acaso estemos asistiendo, sin tener conciencia de ello, a los prolegómenos de un nuevo capítulo del futuro de España que se está cociendo en la gran marmita de su historia cuyos ingredientes están llenos de sabor, color y dolor? Ignoro el resultado de ese posible futuro, y por supuesto de su bondad o maldad, porque en esa marmita, puesta al fuego, están todas las pasiones y virtudes patrias. Se encuentran juntos y revueltos en el espacio y el tiempo un revoltijo variopinto de victorias y derrotas, grandezas y miserias, Viriato en su ciudad encantada, reyes bárbaros, cesáreos, califas y de los de aquí, conquistadores y conquistados, nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar que es el morir, el decíamos ayer, cruce y convivencia de culturas, expulsión de lo diferente, abundante sangre de mártires, héroes, guerreros e inocentes, cruces evangelizadoras y espadas vencedoras, resistencias numantinas, el «tanto monta, monta tanto», hacer de la necesidad virtud, lanzadas quijotescas contra gigantes cervantinos, lamentos místicos de noche oscura y muero porque no muero, Santiago y cierra España, en nombre de la Santa Inquisición, picaresca hecha carne en el Lazarillo, no pasarán, soy el novio de la muerte, que inventen ellos, el león vence al águila, verde que te quiero verde, se equivocó la paloma, se equivocaba, vidrieras catedralicias, se hace camino al andar, ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor, tú dame pan y llámame perro, por el Imperio hacia Dios, virreyes de ultramar, sí pero no, tú ya me entiendes, una cosa es predicar y otra dar trigo… etcétera, etcétera, etcétera.

Y a todo eso, y mucho más (que, a buen seguro, revolotea en las mentes de los lectores), se le ha añadido un buen chorretón de mala leche «made in Spain» con generosas dosis, a partes iguales, de envidia, odio y orgullo con algunas gotas de generosidad y entrega hacia el prójimo y se espera pacientemente a que el mejunje dé muestras de estar a punto de hervir.

Al final, la esperanza es lo último que se pierde. Y es que no sé, pero mirando fijamente a la marmita, a mí me parece, aunque puede ser una ilusión, que ya atisbo algún borbotón en ella. Amén, que quiere decir, así sea.

Suma y sigue
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