viernes. 12.08.2022

Ha muerto hace unos días el torero Andrés Vázquez. He tardado en escribir estas líneas porque he tenido que lidiar con ese último «toro» que también arrolló a mi madre por esas fechas.

Mi mundo no es el de los toros, sino más bien lo contrario, pero me crucé con este torero precisamente por ello. Nunca le he visto torear en la plaza, pero sí ante un toro imaginario en el restaurante: El Toreo, de Villalpando (Zamora), de donde era. Nos quiso hacer ver lo que contaba.

Reunidos a comer por iniciativa del profesor Leoncio Álvarez, que nos juntó a don Eutimio Martino, el sabio jesuita, al torero Andrés Vázquez y a quien escribe. La comida fue una tertulia continua.

El torero apenas tomaba sino un sorbo de agua. Advertía que no sabía leer ni escribir, a modo de despiste. Lo cual decía que cuesta caro, dejando entrever algún episodio de su vida que forma parte del runrún sobre lo que en una ocasión se refirió de manera simbólica: «Me fío más del toro que de una mujer». Luego no paraba de contar, de hablar y de escuchar.

Una tertulia sin discusiones, riéndonos cada cual de sí mismo y buscando la sonrisa de los demás. No pasará a la historia de nadie, pero desde este rincón quiero rendirle un homenaje.

Antes situar el contexto de quien como yo había participado en los primeros pasos de la Asociación para los Derechos de los Animales (ADDA) y fundar la Asociación de Liberación Animal (ALA), con un amigo canadiense.

Pero planteé aquello desde la reflexión, sin la palabra «prohibir», sin crear dos bandos, sino aportar una sensibilidad. Pero al ir por otros derroteros hizo que al cabo de un tiempo abandonase ambas asociaciones, aunque no mi pensamiento.

Vi como se iba fanatizando una lucha, que hoy llega en muchas ocasiones también a otras ideas que emergieron en los años ochenta desde la razón y se han trasladado a lo irracional.

Me planteé que mi abuelo, un gran aficionado a los toros, no era un asesino, como coreaban los grupos en contra de las corridas de toros. Tampoco el conserje de su casa por aquellos años que había sido banderillero, Serafín.

Matar a un toro lo rechacé siempre, pero también me maravillaba la manera de contar mi abuelo Luis las corridas que iba a ver a la plaza de Las Ventas en Madrid o que miraba en la televisión.

Las tertulias taurinas eran pura literatura, sentimiento y devoción. Ojalá, pensé años después, aquel ambiente existiera en el mundo del teatro y de las letras. A pesar de las tertulias sobre libros nunca vi esa magia ni majestuosidad del habla.

Andrés Vázquez, un contertulio con un halo legendario que trataba él mismo de desmontar: «Cada cual es como es». Comenzó a destacar como torero tarde. Se planteó que si le gusta el toreo, ¿por qué no iba a triunfar? Pienso que ese paso lo dio no sólo por una emoción repentina o por querer demostrar su valor, ante sí mismo el primero, sino que lo pensó. Este camino de meditación le hizo vivir el toreo y ejercerlo de una manera especial. Por eso salió ¡tantas veces por la puerta grande!

Fue apodado el «Nono», «El Niño de Villalpando» y «El Brujo» por el encanto y la magia de sus movimientos en la plaza, por su manera de enfrentarse al toro y ponerse ante él. Sin que se viera trasmitía un algo especial. Como nos aconsejaba Eutimio Martino, que tantos estudios ha realizado sobre la etimología de los nombres y de las palabras, hay que buscar en éstas la realidad de aquello a lo que se refieren.

Y un sentido del término «nono» originalmente es «monje» y «tutor». Le llamaban el «Nono» porque de pequeño cuando le mandaban un recado decía «no, no», negándose a hacerlo.

Los aficionados le describen como un torero poderoso, que cada vez que salía a la plaza lo hizo jugándosela. Describen su torear como sobrio. Pero lograba encandilar al público. Nos contaba que es un duelo entre el toro y él. «Jamás mataría a uno atado o con una escopeta», nos dijo. Eso sería chabacano, incluso apuntaba a que pudiera ser cruel cuando el hombre abusa del animal, pero él se situaba frente a frente, le miraba a los ojos y con la muleta y la espada le decía «o tú o yo». «Si él no me pudiera matar a mí yo no sería torero; Hay que darle una oportunidad y el matador no sabe nunca lo que va a pasar».

Más que un torero de raza fue un torero de alma. Eso era lo que nos quería trasmitir cuando insistía que amaba al toro y más al que se enfrentaba. ¿Qué se puede contradecir o debatir? Es un sentimiento. Yo trataba de matizar, de ver otro punto de vista. Leoncio preguntaba estratégicamente. Y Andrés se abría a sus sentimientos y sentenciaba a modo de estocada: «Prefiero que me mate un toro, antes que muera la tauromaquia.»

Don Eutimio Martino jugaba a los dos bandos. Recordaba, como quien no quiere la cosa las palabras de san Agustín de Hipona en contra de los toros en tiempos de Roma, porque vuelve bárbara a la gente. Andrés bailaba su capote de aire al aire preguntando al respetable invisible «¿una barbaridad?» ¿Y con el toro ensangrentado? Pregunté. Entonces don Eutimio cambiaba de tercio y explicaba que todo lo que se hace con amor («y arte», aclaraba Vázquez) es digno de tener en cuenta y ser ejemplo. Añadía que es una enseñanza, porque la vida se dirige a la muerte siempre.

Comparaba una corrida con una hazaña y la describía como algo trascendente, sin cuyo cometido la especie de lidia no existiría. Si ese es su destino, sea.

Para los aficionados a los toros Andrés Vázquez fue un símbolo, junto con los toros de Vitorino. No es sólo su torear, sino su manera de ser, su relato místico del mundo táurico que hizo que se fijaran en él cineastas como Juan Figueroa que realizó la película «Sobrenatural», en el que el torero se adentra en su toro interior. Hizo que algunos le llamaran el «torero samurái.» Cuando le recordaba este sobrenombre él sonreía y afirmaba que el torero es torero. Anteriormente José M.ª Forqué cuenta en otra película, «Yo he visto la muerte», su proceso de aprendizaje, casi un camino inciático. Relata un recorrido con la muerte.

Andrés Vázquez es Andrés Vázquez, un hombre sencillo, pequeño, engrandecido en el ruedo, que toreaba al hablar y que nos acogió para compartir su mundo y contarnos sus cosas, como hiciera con otros personajes de tú a tú como con Orson Welles, el famoso actor y director de cine, con quien apareció en Villalpando creyendo la gente que era un picador de la fiesta taurina. Empezó este cineasta un guion sobre él que no llegó a finalizar: «Un torero llamado Luis Pando».

Andrés conversó y estuvo con Pablo Picasso, Marcelo Mastroianni, Urtain, el escultor zamorano, de Cerecinos de Campos, Baltasar Lobo.

Ahora toreará en el universo, con la constelación Tauro, donde el arte es eterno. Y acá el recuerdo.

Va por ti, Andrés Vázquez. ¡Torero!
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