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León

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El resplandor Fermín lópez costero

Hace décadas, el hecho de hablar correctamente era un signo de distinción, como ser elegante o poseer automóvil. Era habitual que se elogiase a aquellos que exhibían un buen dominio del idioma (y no me refiero a las dotes oratorias, porque una cosa es saber hablar y otra muy distinta tener labia). Mas, esto debe entenderse referido al castellano, a pesar de que, en el cada vez más despoblado Bierzo Oeste, la lengua familiar, la preferida por la gente, era y todavía es el gallego; y en el Bierzo Alto aún perviven, mucho más que en el Bajo, numerosos vocablos y expresiones del leonés (incluidas las terminaciones en -“in y en -“ina de los diminutivos, tan características y entrañables). Pero, en aquellos tiempos, tanto el gallego como el leonés estaban estigmatizados, que es algo mucho peor que estar prohibido.

Por circunstancias diversas, en El Bierzo nunca hemos hablado correctamente ningún idioma, ni castellano, ni gallego, ni leonés, ni el francés de los emigrantes retornados. Constituimos, sin duda, una encrucijada lingüística, un territorio ideal para los filólogos. Y de ello dan fe los diferentes vocabularios recogidos y publicados a lo largo del tiempo, desde el erudito Vocabulario del Bierzo (1934), de Verardo García Rey, hasta el reciente Vocabulario de Noceda del Bierzo (2009), de Manuel Cuenya; pasando, entre otros, por el monumental Atlas Lingüístico de El Bierzo (1996), de Manuel Gutiérrez Tuñón y Alicia Fonteboa.

Así y todo, de nuestra comarca han salido -”en sentido literal porque todos se fueron a vivir fuera-” notables escritores, con un conocimiento y dominio impecables de la lengua. Aquí desarrolló su obra literaria Antonio Fernández y Morales, un clásico de las letras gallegas. Pero, hoy en día, los adultos que tanto critican el lenguaje limitado de los jóvenes ya no recuerdan cómo se hablaba en aquel Bierzo de los años 60 y 70, sin ir más lejos. En aquella comarca en la que pocas casas disponían de «quelefación», en la que unos estudiaban en el «estituto» y otros en la «sindiquel», en la que había hombres que iban a por vino a la «comparativa» y mujeres que iban de compras al «quelomato» de la Minero.

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