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León

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El resplandor Fermín lópez costero

El otro día fui a Villafranca, a charlar un rato con Antonio Pereira. Suelo hacerlo de vez en cuando, sobre todo para informarle de cuanto acontece por aquí y para tenerlo al tanto de las peripecias literarias de sus amigos escritores. Antes nos citábamos en el Parador; pero, desde hace exactamente un año, nos vemos en la parte alta de la villa, detrás de la iglesia de Santiago. Además, el Parador está en obras; y, cuando estas obras concluyan, será bautizado con el nombre de Antonio Pereira. Me parece una buena idea.

El lugar en el que ahora descansa el autor de «Los cuentos de La Cábila» no es ni mejor ni peor que otros. Un poco húmedo en invierno, tal vez; pero soleado el resto del año, y con unas vistas estupendas de la vega del Burbia, con las huertas de Vilela y de Horta a los pies, y con Corullón al fondo, trepando entre cerezos y castaños por la falda de la montaña. El Corullón artístico, con su castillo y sus iglesias románicas, y el Corullón literario del Ingeniero Balboa, de Antonio González Guerrero y de Antonio Merayo.

Pereira me dice que se encuentra muy a gusto al lado de sus amigos Elena Quiroga y Dalmiro de la Válgoma. En su época, doña Elena y don Dalmiro constituían una pareja muy especial: el único matrimonio compuesto por dos académicos (él, de la Real Academia de la Historia; ella, de la Real Academia Española). Pero, como este lugar es, a su manera, una especie de Parnaso villafranquino, en él también puede encontrarse uno con poetas como Gilberto Núñez Ursinos o Francisco de Llano y Ovalle, con pintores como Norberto Beberide o Eugenio de Arriba, o con D. Manuel Santín y D. Antonio Carvajal y Álvarez de Toledo, alentadores de la precoz vocación literaria de Pereira, entre otros. Y, si se pone un poco de atención, también puede percibirse la presencia de Enrique Gil y Carrasco, de Ramón González Alegre y de Ramón Carnicer.

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Lo único que incomoda un poco a Antonio -“me lo ha insinuado ya varias veces-“ es que alguien se haya olvidado de colocar la tilde en su segundo apellido. No entiende cómo se ha podido deslizar semejante errata. Cualquier día se levanta y la corrige.