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M. F. | Carucedo
León

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Un turista, un vecino, cualquier persona podía acceder ayer por un camino público hasta el mismo límite del cráter de la cantera de Catisa en Peña del Rego. En el camino por donde accedió el periodista en coche no había ni una sola barrera, ni un cartel que prohibiese el paso o que avisase de que esa mañana se iba a producir una voladura con explosivo. De hecho, llamó la atención que ni tan siquiera sonó la sirena o la alarma sonora alertando de que en minutos se iba a producir la detonación. El único indicio —además de ver de lejos a los que movían el explosivo y un guarda de seguridad a pie de tajo— fue el grito de un operario: «¡Delmiroo, fueego!». Y, bum.

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