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León

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Ahora lo más difícil, reconocen, es estar lejos de la familia aunque confían en que Internet y las redes sociales les permitan sobrellevarlo un poco mejor. Para Ruy es «duro» estar tanto tiempo sin ver a su mujer, Ana Moas, y a su hijo Iván que, asegura, está «muy empadrao». «Haré todo lo que pueda para que note lo menos posible la falta del padre, primero está el pan de mi hijo y ahora ha tocado Qatar, pero si llega a tocar Ecuador o Marruecos, donde sea», confiesa Ana. Lo que más teme es el día que Iván tenga que despedirse de su padre porque cree que aún no lo ha asimilado. «No sabe realmente lo que son cuatro meses sin él, otras veces ha trabajado fuera y venía el fin de semana y creo que el piensa que va a ser así y no, va a ser más complicado», cuenta la mujer de Ruy, mientras Iván se muestra animado con que su padre se vaya a otro país «a ganar dinero», aunque eche de menos jugar y ver los partidos del Barça con él —«y como se mete con los del Madrid»—, asegura con sonrisa pícara. «Si me dejan voy con él», añade.

Los cinco de Santa Marina de Torre son solo un ejemplo de la realidad que viven cientos de jóvenes que en los últimos años han dejado los municipios mineros, que poco a poco se van «muriendo» ante la falta de oportunidades. Unas cuencas que multiplicaron su población en los años 70 y 80 como destino de inmigrantes pakistaníes, portugueses y caboverdianos, así como de otros españoles para trabajar en las entonces «ricas» empresas del sector. Unos pueblos que, sin minas ni mineros, aún guardan carbón en sus entrañas.

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