La gran familia de Cementos Cosmos
Las ‘sagas familiares’ en la cementera se remontan en cuatro casos a cuatro generaciones atrás.
Integrantes de las cuatro sagas familiares que han desarrollado su actividad laboral en Cementos Cosmos, junto con el ex director, Luis Arroyo. l. de lamata
Cuando lo habitual en estos días es que los trabajadores no hagan carrera en una misma empresa, hay contadas excepciones en las que la pertenencia a un centro laboral se transmite, como el adn, de generación a generación.
Éste es el caso de Cementos Cosmos, donde cuatro sagas familiares se remontan a los orígenes de la factoría en la década de los años 20 del siglo pasado. Desde entonces, los silos de cemento, molinos, hornos, laboratorio o el frente de explotación de la cantera de caliza, han sido testigos del relevo entre cuatro generaciones de estas familias.
Los González, Otero, Cruz-Pérez y los Valcárcel, generación tras generación se han entregado, en distintos puestos en la factoría, a la producción de cemento en Toral de los Vados.
Fueron los pioneros. En algún caso llegado desde zonas como Bilbao o Zamora al reclamo de la oportunidad que les brindaba la puesta en marcha de una nueva apuesta industrializadora. «Mi abuelo vino de Bilbao y era mecánico», apunta Mari Paz Pérez, retratando el perfil laboral de los primeros obreros que, llegados más allá de las fronteras comarcales, ayudaron a arrancar la fábrica en los años 20: mano de obra especializada, «ya que en un entorno rural como éste no había especialistas».
Mano de obra especializada, aunque no estuviera íntimamente ligada a la producción de cemento. «Mi abuelo era carpintero. Muchos de los muebles que hay en las instalaciones son de aquella época», apunta Juan Otero. Y es que además de hacer los muebles de las oficinas, la contratación de carpinteros tenía como objetivo la realización de andamios para levantar los edificios de la fábrica. «De hecho había una zona en terrenos de Cosmos con chopos para estos andamios, además había otra zona para plantar otros productos», apunta.
En esa huerta trabajó Cecilia González, quien a sus 93 años recuerda perfectamente sus años en Cementos Cosmos. «Su padre vino de Fonsagrada para trabajar de guardia de seguridad, y luego entró su hija, mi abuela, para trabajar para Gonzalo Galarraga y en verano en las faenas de la huerta», apunta su nieto Juan Carlos González. Una huerta con la que se abastecía a los silos del grano de trigo o cebada con el que alimentar tanto a los mulos que trabajaban en la cantera de Corullón como a los bueyes que se usaban para colocar los vagones de cemento en las vías antes de ser acoplados a la máquina de vapor del tren.
«Nosotros somos los que hemos tenido que trabajar más», apuntan al unísono los representantes de la tercera generación. «Estamos hablando de hace más de dos décadas, cuando hubo días en los que se llegaron a cargar cinco trenes diarios. Había tres turnos y se trabajaba sábados y domingos», afirma Juan Otero, cuyo hijo ha tomado el relevo trabajando en la cantera de caliza, mientras lamenta la merma de producción registrada en los últimos años.
«Con una sola línea de ensacado se llegaron a cargar 115.000 toneladas en un solo día», concreta el ex director de la cementera Luis Arroyo.
Precisamente la ensacadora era la piedra de toque para comprobar de qué madera estaban hechos los aspirantes a trabajador de Cementos Cosmos. «Casi todos empezábamos por el ensacado. Esto es, coger sacos a mano que pesaban 50 kilos y cargarlos en los vagones», apunta Roberto Cruz, quien asegura que el secreto del trabajo no radicaba en la fuerza sino en la habilidad del operario. Pese a ello, apuntan, nadie se libraba de que «en la primera semana no se podían lavar la cabeza porque eran incapaces de levantar los brazos».
El que superaba la prueba, cuya dureza estaba reconocida por la dirección con la entrega diaria de un litro de leche para que estos trabajadores repusieran fuerzas, tenía las puertas de la fábrica abiertas para seguir escalando a puestos ‘más llevaderos’.
Con nostalgia y satisfacción recuerdan las generaciones pasadas el trabajo realizado en la cementera de Toral, mientras no paran de poner en común nombres de antiguos compañeros, anécdotas y recuerdos. Entre estos últimos siempre están las bicicletas, como medio de transporte utilizado por los trabajadores «poniendo en más de una ocasión en peligro su vida por atravesar vías del tren o el puente de Carril para venir a trabajar a Cosmos», recuerda Fernando Varcárcel.