EL CRIMEN DE CACABELOS
El acusado dio detalles que solamente podía conocer el autor del homicidio
Fiscal y defensa centran sus discrepancias en la fecha en la que se cometió el delito.
Paulino González, a su llegada ayer a la Audiencia Provincial.
La Guardia Civil puso a la investigación del crimen de Cacabelos el nombre de «Operación Horno Frío». La calle en la que se cometió el homicidio es la de Los Hornos y los dos agentes que testificaron ayer en la Audiencia Provincial de León coincidieron en un detalle: «El frío que pasamos en aquella casa durante la inspección ocular fue horrible. No creo que hubiera más de cuatro grados de temperatura».
Quizá ese detalle sea el que focalice la diatriba entre la representante del Ministerio Fiscal y el letrado defensor. Las gélidas temperaturas hicieron posiblemente que el proceso de descomposición del cadáver se retrasara y ampliaron la horquilla de la posible fecha de muerte calculada por los forenses. La defensa se aferra a las dudas y a los testimonios discordantes para sugerir que quizá la versión oficial de los hechos no es tan consistente como parece. Eso, y que los médicos sostienen que el estado mental del acusado está tan deteriorado que hasta su propia confesión es susceptible de generar dudas.
Un jurado popular decidirá mañana en la Audiencia sobre la culpabilidad o no de Paulino González Álvarez, un vecino de Espanillo, de 75 años de edad, al que una de sus vecinas calificó de «una persona chistosa» porque siempre estaba fabulando con la hipótesis de que «una facción de la mafia calabresa» quería acabar con su vida. Tenía metida en su cabeza delirante esa idea «desde hacía más de 20 años», recalcó su propio hijo. Y consideraba que el jefe de esa mafia era su propio hermano. El resto de la banda criminal eran su médico de cabecera, varios vecinos, algún familiar, amigos diversos...
22 puñaladas
La mañana del 23 de noviembre de 2011 asestó 22 puñaladas a su hermano. Le había llamado por teléfono para advertirle de que tenía una carta para él y el procesado presuntamente lo mató. «Nos aportó durante su confesión datos que solamente podía conocer la persona que cometió el crimen», explicó ayer en sala el sargento de la Guardia Civil que dirigió la investigación. «No habíamos dicho a nadie que el cuchillo con el que se había realizado el primer ataque se había partido por el mango y él lo relató cuando le pedimos que nos dijera cómo ocurrió».
La prueba definitiva fue el análisis biológico de la chaqueta que portaba la víctima. Tenía una gota de sangre «de un familiar muy cercano por la vía paterna». Y el acusado se hizo un corte en un dedo durante el ataque. Blanco y en botella, tras ver los análisis de ADN.
Baile de fechas
El problema radica en que, según el letrado de la defensa, un metódico abogado de oficio, al menos cinco vecinos habían visto a la víctima por la calle y con vida varios días después de la supuesta fecha del homicidio. De ser así, el autor del crimen no pudo ser Paulino, que ya estaba lejos del Bierzo para entonces. Tres de ellos se desdijeron a última hora de la tarde y casi en la fase final de la maratoniana sesión de ayer (el jurado empezó a constituirse a las 9.30 de la mañana y las pruebas testificales concluyeron poco antes de las 20.00 horas) manifestaron que ya no se acordaban con exactitud. A mayor abundamiento, las cámaras de vídeo examinadas no constatan la presencia de la víctima en ninguno de los lugares que frecuentaba a partir de la fecha en la que la fiscal sostiene que se cometió el crimen.
Aún así, el defensor propone que se le absuelva. O que se le interne en un centro psiquiátrico cinco años, si se acreditan pruebas que demuestren los hechos. Será después de que se escuche en sala hoy la explicación de los peritos y de que finalmente las partes resuman en sus informes sus conclusiones definitivas.