EL MOLÍN AMPUERO Manuel Cuenya

A los emigrantes retornados

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León

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Es probable que a estas alturas de la vida haya poca gente a la que le suene esto de «emigrante retornado», sobre todo en nuestra época de confort y supuesta opulencia aznarina, derechísima en su toque de gloria. A los fachillas casi nunca le han importado un carajo los otros, esos seres que aspiran a vivir en el espacioso y prolífico mundo de la libertad. Sabido es que los republicanos tuvieron que ahuecar el ala en su día, hacerse pajaritos, y volar alto, muy alto, atravesar incluso el muro de la patria nuestra. Y de este modo, tan literario y conmovedor, se convirtieron así, de repente, en emigrantes, emigrantes obligados. Hubo quienes nunca volvieron a pisar su tierra. O te piras, o te la hacemos mocha. Lo que prefieras, estimado compañero. Pues nada, prefiero irme por piernas antes de que algún descerebrado le dé, en un arrebato de ira, por descerrajarme cuatros tiros en la cabeza. Y que todo sea por la bandera. España va bien, según nos contara el Charlotín de la chistera y el conejito rosa, y a buen seguro podría irnos aún mejor si nuestro gobierno no anduviera dando recortes y aun cortes de mangas a las prestaciones por desempleo. La huelga del pasado 20 de junio no fue en balde. Supongo. Espero. Quiero creer. Aunque, al final, el gobierno se salga con la suya, y haga de su capa un sayolo, que es lo que suele hacer quien ostenta el poder cuasi absoluto de la divinidad demócrata. Quienes desconozcan qué es un «emigrante retornado» deberían darse una vuelta por el ancho mundo, vivir fuera de la matria unos años, y luego regresar al terruño. En otros tiempos, el personal, sumido en la miseria más absoluta y castradora, se largaba en busca de un porvenir. Algunos cruzaron el charco. Y otros, tal vez menos atrevidos, tomaron el expreso de medianoche. La gare de Austerlitz, en París, les esperaba con los brazos abiertos. Algunos prefirieron arribar a las «costas» suizas, al imperio germano, a las bajas tierras flamencas, a la Italia de la Fiat. Era tanta y tan abultada la pobreza que no había sitio para todos en la España goyesca, negra como un tizón. Ahora lo difícil es volver a la patria, sobre todo cuando uno se ha pasado varios años fuera del país. Uno se pasa casi toda la vida en un país extranjero, y a la vuelta uno acaba siendo extranjero en su propio país. Paradojas de la vida. Uno, que ha llegado a ser emigrante retornado, sabe que la vuelta al propio terruño puede llegar a ser harto complicada. Y si además no te facilitan la vuelta y la estancia, es entonces cuando te apetece mandar a tomar por la «retambufa» a algunos hijos de la tiznada.

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