Publicado por
León

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La madrugada del jueves al viernes pasado lo perdimos. Dicen que si no llevaba el cinturón y que por eso el accidente resultó mortal. "El coche venía de Cubillos y él no conducía", se comentaba entre los mentideros de la zona a la mañana siguiente. A mí me lo contó Ernesto el del Burbia en plan: "Tú sí que lo conocías ¿No?". Uno que a esas horas desayuna ojeroso y simula leer El Marca (vamos, para no forzar la única neurona que le queda) no sabía sobre quien le estaban preguntando. "Sí, hombre, que si conocías a Carlos el del Cohiba. Ese chico de Toreno que se parecía a Miguel Ríos". Como siempre pasa con estas cosas, uno no se lo podía creer. Y entonces te creas una imagen en la mente de cómo recuerdas al difunto para luego sentenciar: "¡Qué mala suerte!, ¡Qué buen tipo!". Si nos referimos a Carlos, "Wayne", lo de buen tipo no significa sólo una coletilla demagógica para cerrar un comentario sobre alguien de cuerpo presente, no. Carlos realmente era un gran tipo del que jamás escuché a nadie que hablara mal de él ¡Y mira que lo conocía gente! Desde entonces tengo un nudo en el estómago y no hago más que ver en mi cabeza la imagen de este noblote simpático y rudo que siempre tenía una sonrisa para todos. De este fortachón degustador de Puros que se casó este verano y era padre de una niña pequeña. Y lo veo en la barra, con su sempiterna camiseta negra de cuello en pico fumando con donaire su purazo a lo Clint Eastwood, y mientras saluda a todo el mundo pone copas por doquier y controla todo lo que acaece en el Cohiba. Y también me lo imagino en la esquina, al lado de la pecera de pincha charlando y bromenado con el otro Carlos, a quien todavía no he visto pero me figuro como se debe encontrar, y no comprendo por qué ocurren estas desgracias. Recuerdo un día que vino hasta el Campus Universitario porque los de cine teníamos que hacer una práctica y necesitabamos a tres actores. Se lo pedimos a los dos Carlos y ahí que vinieron con Antonio para salvarnos. Wayne se salió, hacía de víctima y lo repitió hasta seis veces porque teníamos problemas de cámara. Pacientemente sufrió nuestra incompetencia y estuvo muy por encima de lo que requería la peliculita. Creo que disfutó y ese día quedamos en intercambiar delicias. Yo aportaba dos Winston Churchill de Romeo y Julieta y él un par de Cohibas. Hasta ahora no se había terciado el momento y ahí siguen en el frigorífico. La verdad es que no soy el más indicado para hablar de él, quedan miles de amigos de verdad que hubieran dicho más y mejor, pero creo que la desaparición de una buena persona se merece, como muy poco, esta pequeña columnita de recuerdo.

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