FRAGUA DE FURIL Manuel Cuenya
Las mil y una guerras
Irak, ese país de ensueño reventado por las guerras, ese mundo fantástico que respira uranio y huele a muerte. Uno, desde su más tierna infancia, ha soñado con Irak, tal vez porque un día descubrimos los cuentos y encantos de las mil y una noches, esas noches arábigas que nos sumergen en los cálidos y sensuales "hamanes" de algún paraíso perdido, esas noches estrelladas en las que la luna parece mirarnos como una odalisca entrañable y seductora. La noche nos aconseja. La noche nos hechiza y nos invita a introducirnos en un cuento sin fin. Siempre nos han fascinado los cuentos, quizá porque éstos nos ayudan a imaginar un mundo mejor que el que conocemos. Ahora Irak, proverbial país de cuentos, está a punto de entrar en una nueva guerra. La guerra del bien contra el mal, como nos anunciara George W. Bush, ese vaquero loco, obsesionado con el poder y el oro negro del infortunio. La felicidad, suponiendo que exista, casi siempre proviene del afán de poder, el ansia de riqueza. En esta película de indios y vaqueros aún no hemos descubierto quiénes son los malos y quiénes los buenos. La ética maniquea del bien y el mal se nos antoja, una vez más, absurda y vomitiva. Sadam Husein, por su parte, se nos muestra como un iluminado sin escrúpulos, una bestia todopoderosa, un Alá de carne, hueso y bigote, que entona un muecín pestilente y homicida desde su minarete de oro. La población iraquí de a pie, engañada y entontecida con la dulce adormidera de la religión, no ha dejado de sufrir desde tiempos ha. Basta ya de guerras. No hay derecho que un cabrón como Sadam tenga sumido al pueblo en un estado de absoluta miseria, mientras él y sus allegados viven como marajás en el harén de los injustos. No podemos ni debemos apoyar, bajo ningún pretexto, a un tipejo como el presidente gringo, cuyo mirar atravesado y criminal, nos tiene aterrorizados. Francia y Alemania, que son las locomotoras de la Europa desarrollada e inteligente, no están afortunadamente por la labor. Luego no vamos a ser nosotros, pobres españolitos, quienes le demos la mano a los yanquis para que arrasen, otra vez, Bagdad, la mítica ciudad del Tigris y Scherezade. El señor Aznar, que tiene algo de chupatintas, pretende dar su apoyo incondicional a los Estados Unidos. Como si nosotros fuéramos unos esclavines del Imperio Hamburguesa, cuando en esencia somos deudores del Imperio Árabe. Ni con Bush ni contra Sadam Husein, aunque éste sea un hijo torcido del Corán, un verso satánico de la humanidad. Detengamos la guerra que se nos avecina. Sigamos soñando con aquel país legendario de los mil y un problemas. Aún es posible soñar.