FRAGUA DE FURIL Manuel Cuenya
Dulces sueños
Desde la más tierna infancia he sentido admiración y un especial cariño por aquellos seres que emigraran a otros países, y sobre todo a las Américas: Argentina, México, Cuba... Las Américas como lugar fabuloso, mundo inagotable en el que todo es posible. Nunca olvidaré que algún día también mis padres fueron emigrantes. Tampoco deberíamos olvidar que han sido muchos los bercianos que emigraron de su terruño, nuestra comarca. Es probable que uno lleve en sus genes esa América exótica y lejana que nos sabe a dulces sueños. "Has ido emborrachándonos, América,/de tantas contradictorias emociones./De vida y muerte. De generosidad/y vileza sin límites", escribe Margarita Merino en su Viaje al interior. Viaje al agujero universal de la muerte. Como le ocurriera la pasada semana a Manuel, el dueño de "Dulces Sueños" de Bembibre, que segó su vida en un accidente en la A-6. La muerte siempre nos impresiona. Y una muerte por accidente se nos antoja una muerte estúpida, desatinada, ininteligible. Por más vueltas que le demos al coco, no logramos hacernos a la idea. ¿Y si hubiera hecho esto, y si no hubiera hecho lo otro?, nos preguntamos una y otra vez, sin encontrar una respuesta que nos consuele. Nos asaltan las dudas. Nos volvemos un poco majaras en nuestro intento por cambiar el discurrir de los acontecimientos que nos incomodan y nos trastocan el entendimiento. "Yo aún no lo sé -nos dice el protagonista de American Beauty-, pero dentro de un año ya estaré muerto". Resulta estremecedor. Dan ganas de ponerse a llorar. Morirse es ya de por sí una gran cabronada. Aunque uno, durante su breve existencia (la vida siempre es demasiado corta), no haga otra cosa más que prepararse para acoger en su seno la muerte. Esto de "acoger en su seno" me quedó como algo cursi. Pido disculpas. Mas de vez en cuando conviene arrojar cursilería cual mierda perfumada. Nunca tuve trato con el empresario de Dulces Sueños. Pero quien lo conoció cuenta que era buena persona y sobre todo muy trabajador. Manuel, o Manolo, también fue uno de esos emigrantes que en una época de su vida decidieron cruzar el mítico charco en busca de un porvenir. Y lo logró, en cierto modo. Hizo las Américas en la Argentina, cuando este país aún disfrutaba de momentos de bonanza y la corruptela parecía oculta tras sus fauces devoradoras. Luego regresó a su tierra para continuar la labor emprendida en tierras sudamericanas. ¡Qué tendrá la tierra de uno, que nos hace volver a ella! Sólo por el hecho de haberlo intentado en la Argentina, ya se merece todos mis respetos y mi afecto. Su muerte me produce angustia existencial. Qué tus sueños sean dulces, tocayo.