LA GAVETA César Gavela
Simón, librero
El jueves 6 de febrero, muy atardecido, salía yo de la Casa del Libro de Valencia y me encontré con un librero de Ponferrada -Simón- y con su mujer. Sorprendidos por la casualidad, sonreímos primero, nos saludamos después, y estuvimos un rato charlando en el pasaje de Ruzafa bajo un frío húmedo y nocturno. Hablamos del Bierzo, de Valencia, de los libros, de la papelería, de las ferias de papelería y de otros avatares de imprenta. Un poco más tarde, cuando el frío era todavía más incivil, nos despedimos. Yo continué mis pasos hasta casa, pasos que casi eran una carrera, y en ese trayecto veloz se me vino a la memoria el padre del librero Simón, el fundador de la saga, y así fue que me vi junto al escaparate de su negocio primitivo, que estaba en la calle de Sierra Pambley, muy cerca de la avenida de España. El librero Simón, el padre de mi amigo, era un hombre de aspecto céltico, con un algo de germano del noroeste. Recuerdo su ademán vigoroso, su paciencia de buen vendedor y la gran dignidad con la que trabajaba su negocio. Muchos años después, supe que aquel Simón había sido un atleta muy entusiasta, no sé si incluso boxeador, y que, retirado de los combates, aunque no de la gimnasia, derivó hacia la sosegada lucha de los libros. A difundirlos y a venderlos en una Puebla de Ponferrada en la que casi no había librerías, y donde Simón también vendía lo que a mí más me gustaba entonces, que eran los mapas de carreteras. Mapas para soñar con huir a alguna parte, no sabría decir entonces a cuál. Planos para imaginar ciudades, parques, ríos, catedrales, estadios, barriadas- Sabrosos documentos que alimentaban la ilusión de un tímido adolescente ponferradino. Le compré muchos mapas a Simón padre, sobre todo los baratos, y en concreto uno que costaba ocho pesetas, del que me hice con dos ediciones: una para Ponferrada y otra para el internado. Desde entonces, siempre hay muchos mapas donde yo trabajo, y diría que mi despacho en Valencia es una orgía cartográfica de tales dimensiones que quienes vienen a visitarme creen hallarse en un gabinete de estado mayor o, más comúnmente, en el cuarto de un jefe de estación; un oficio que de niño me parecía el más hermoso que se podía tener en Ponferrada. Simón fue un hombre que amó los libros y que amó el deporte. Su trabajo consistía en vender ficciones, que es la primera necesidad espiritual del ser humano, tal vez, también, la más persistente. Desde entonces nunca conocí a ningún librero que estuviera más próximo a esa sabiduría latina que propugna una mente sana en un cuerpo sano.