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León

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Me cuenta mi amigo Juan que tiene un tío rojo de cuna, de los que mantiene su color aún hoy a sus sesenta y pico años durmiendo en cama, al que le gusta levantarse muy prontito con la Cope. Dice el tío de Juan que tan peculiar costumbre le permite estar encabronado desde el punto de la mañana y, aunque parezca afición enfermiza y masoquista, así no se le olvida jamás de qué parte está. Últimamente nos ocurre poco más o menos a bastantes individuos cada vez que ojeamos un periódico, enchufamos la televisión, sea la cadena que sea, o sintonizamos cualquier radio. Porque por mucho que nos intentemos evadir, por mucho que el tiempo, la distancia y olvido aplaquen nuestra mala baba; el chapapote, la guerra, la postura que nuestro ejecutivo toma respecto a tan importantes acontecimientos y la profusión con que aparecen tales decisiones en los medios de comunicación, nos crispan a tiempo completo pesar de carecer de costumbres tan extravagantes como las del tío de Juan. Ya llegó la cuaresma y acabó el carnaval. Nuestras calles se llenaron de albricias mil y jubileo pagano como desfogue previo a cuarenta días que, según rezaba años ha la Santa Madre Iglesia, corresponden a un periodo de meditación, ayuno y resignación. Hace sólo un par de décadas, con la llegada del Miércoles de Ceniza comenzaba un periodo de oración y reflexión que en una España que en la actualidad tiene poco que ver con la de «Cuéntame» se ha quedó para muchos en anécdota. Afortunadamente, dirán unos cuantos y no les faltará razón, su razón. Por desgracia, sentenciarán los otros, y tendrán la suya. Pero estaría bien que si estos días conllevaban el rezo y la abstinencia, aquellos que mantienen tal costumbre obvien un poco lo místico y piensen un poquito en lo terrenal (los desastres chapapotiles y todas sus repercusiones, las muertes que conllevan las guerras, lo ilegal de invadir un país... ). Que reflexionen si se puede considerar buen cristiano a todo aquél que no se revele contra esas circunstancias y no tome partido. Por otro lado, también sería bonito que todos los ateos, agnósticos..., de este Ruedo Ibérico ejercieran en algún momento de la cuaresma como humildes piadosos. Que atenten contra sus creencias y le rec en con fé a ese Dios que no existe, como última medida y por si a caso. Igual con un poco de cada bando y mucho de suerte se obra el milagro y al final se evita la guerra, se inventa una solución al desastre negro galego y a nuestros políticos de todos los signos y tendencias, les inunda el espíritu santo, olvidan sus egoísmos, se vuelven competentes, les da por dialogar y por fin a todos se nos quita esta mala leche tan propia del tío de Juan.

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