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León

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Ponferrada, como todo el Bierzo, siempre ha sentido una digna pasión por su memoria, y eso está muy bien, entre otras cosas porque no estamos hablando de una memoria de la identidad, sino del afecto y la libertad; una memoria del agua. Ponferrada, además, tuvo siempre la suerte de ser bastante antigua dentro de un orden, y aún en los tiempos de su crecimiento loco y benefactor a la vez, en su época de calles de tierra y de pendencia, en sus años largos de Franco y del silencio, la urbe supo quién era y de dónde venía. Burdamente, pero lo supo. Ponferrada guarda varias memorias. Y cada de ellas va alcanzando su museo, porque el pasado colectivo requiere acicates. De honestos templos paganos. Brevemente, me atrevo a recorrer esas memorias. La primera, la más larga, es el tiempo de la urbe anterior a su revolución industrial: el vivir lento de los comendadores, los artesanos y las familias. Ese mundo, y no sólo ese, es el que defiende el Museo del Bierzo, cobijado en la sosegada sede de la calle del Reloj. Otra memoria es la de los trenes, fecundada en las dos estaciones que antaño tuvo la ciudad, en las prodigiosas humaredas, en aquella cosa seria que era entonces subirse a un vagón, y en la épica y popular emoción de las distancias. Ese flanco de la ciudad sobrevive con gran aparato de locomotoras y datos, en los paneles y en los muelles del museo del ferrocarril. Existen más Ponferradas pretéritas, y entre ellas destaca la ciudad de las procesiones religiosas, un longevo ritual de fervor y afirmación, de temporalidad a flor de alma. Pues bien, todo ese mundo barroco de esculturas y orfebrerías, de inciensos y ropajes también tiene su museo temático, el que se acaba de estrenar en la vieja iglesia de San Antonio. Tampoco olvidaré que una Ponferrada mucho más moderna y viajera, laica y plural, está a punto de perpetuarse en el museo de la Radio. ¿Queda algún ámbito principal de Ponferrada sin contar con un museo? Sin duda, todavía falta el gran recuerdo ciudadano a la industria y la siderurgia, a las minas y a los embalses. A las gentes que vinieron de fuera. Ese museo podría tener un emplazamiento excepcional, grandioso, susceptible de otros usos culturales. Me refiero a las instalaciones de la antigua térmica de Compostilla. También, por supuesto, se podría recurrir a las abandonadas instalaciones de otra vieja central, la de la MSP, varada junto al río y que todavía conserva su encanto manchesteriano. Es preciso luchar, pues, por el gran museo de la arqueología industrial berciana, y mientras tanto nos imaginamos otros.

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