Publicado por
César Gavela
León

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VINO Amancio Prada a cantar al monasterio de la Valldigna, que está situado en elcorazón de la provincia de Valencia, en su valle más frondoso, todo cubierto de pinos, con el mar ya muy cerca, y la noche cálida, y las farolas entre los naranjos,y el suelo de grava, y luego el escenario en lo que fue iglesia del cenobio. Unos minutos después surgió por un túnel monacal Amancio, de camisa blanca y pantalón negro, acompañado de dos músicos jóvenes, uno violín, el otro violoncello, y empezó el concierto con un poema de San Juan de la Cruz, y antes de que vinieran muchos otros versos del santo abulense, el cantante recordó algo sencillo y a la vez solemne: que las piedras envejecen, se derrumban y hasta mueren, pero que la palabra, su fragilidad, perdura. Que la poesía de San Juan está tan viva como hace medio milenio. Como si fuera de agua. El viejo templo, recién liberado de inadecuadas e insólitas utilidades estaba lleno. El público era de la clase media cultivada de las comarcas de la Ribera y la Safor: profesores de Gandía, abogados de Oliva, comerciantes de Tavernes, maestros de Alzira. Un público muy mediterráneo y valenciano-hablante, muy sanguíneo y componedor, que fue entrando raudamente en los encantos trovadorescos de la música de Amancio y en el delirio místico de San Juan, aunque al final fueron muchos los que le pidieron al cantante los viejos temas galaicos, que volvieron a emocionar al auditorio porque la belleza salva las distancias y los climas, y así fue que los versos de Rosalía de Castro sonaron auténticos y propios en las orillas del Mare Nostrum. Fue entonces cuando la memoria me llevó a otro Amancio Prada, que es el mismo, en la voz y la persona, hace nada menos que treinta años, con motivo de un concierto que ofreció en Dehesas, en aquella ocasión acompañado por un violoncellista que era un argentino tímido, en el escenario, llamado Eduardo Gattinoni. Treinta años entre Dehesas y la Valldigna; treinta años de escuchar a Amancio muchas veces, antes en los vinilos, ahora en los discos compactos, de saborear sus etapas y sus búsquedas. Luego nos fuimos a tomar una cerveza en el pequeño pueblo colindante, Simat de la Valldigna. La noche caía lenta y recordé con Amancio Prada aquel día remoto de septiembre en Dehesas, y le pregunté por el violoncellista Gattinoni, y Amancio me dijo que lo había visto hace unos diez años, en Buenos Aires, donde tocaba en una orquesta de tangos.

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