Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

Creado:

Actualizado:

SÓLO VI una vez a Santos Cascallana Canóniga, y fue al día siguiente de leer en la prensa su vida exitosa en Jerez de la Frontera, donde se narraba la entrada de un berciano de Quilós al selectivo club del «sherry» y de las grandes familias anglo-andaluzas. Supe entonces que Santos era el gerente de González Byass, y me hizo gracia lo de Canóniga, apellido cuya existencia yo ignoraba, y que me parecía una contradicción en sí mismo, porque los canónigos son varones, hombres doctos de la Iglesia, y no entendía aquello de la Canóniga. Pero tal vez hubo alguna canóniga en Cacabelos, cuando el emperador Teodosio era niño y local. Estoy hablando de 1971, que fue cuando Santos Cascallana protagonizó las fiestas de la Encina. Hubo, en realidad, aquel año dos celebraciones. Una, la que organizó el ayuntamiento, con su real de la feria y sus fuegos artificiales, y otra, la que montó por su cuenta Cascallana, que ofreció a los ponferradinos varias recepciones mayoritarias y de entrada libre, donde se bebían vinos de Jerez, se regalaban abanicos a las señoras, llaveros a los varones y canapés a todo el mundo. Estos actos terminaron con una fiesta en la discoteca Temple donde sonaba como reina de la tarde la canción «Mammy blue», en versión de Donna Hightower, siendo el rey indiscutible del sarao el propio Santos Cascallana, que tenía entonces una presencia de hispano enriquecido en California, todo simpatía y bigote, amor a su tierra y honestísima vanidad. No mucho después de aquellos esplendores, Santos Cascallana dejó el mundo del vino, tanteó otros negocios, desconozco cuáles, y cayó en la tentación de entrar en política, en la muy conservadora Alianza Popular del señor Fraga. Supongo que esta aventura debió correrla Cascallana por motivos de convicción ideológica, pero también, sin duda, por tener un pretexto para volver al Bierzo, aunque fuera de vez en cuando, que no hay placer mayor para el berciano que vive lejos. Esa ventaja tenemos: que cuando queremos ser felices, lo conseguimos enseguida. Es cosa de subirse al coche. A Santos le sucedieron luego diversas tragedias personales, de las que derrumban a cualquiera, y para combatirlas se refugió melancólicamente en el sur de su jubilación y de su sol. Vivía junto al Atlántico final de la bahía de Cádiz, y ahí le llegó la muerte. Yo suelo sentir respeto por los bercianos que triunfaron lejos, y aunque veo a Santos como un señor muy ajeno a mi mundo y a mis humildes aficiones, le dedico esta columna con respeto y paisanaje.

Cargando contenidos...