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León

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Dicen que no ofende quien quiere, sino quien puede. En este sentido, me resulta indiferente el comunicado emitido por la nueva dirección de Izquierda Unida de Fabero con relación a la «lápida de los caídos» que durante muchos años ha permanecido en la pared de la torre de la iglesia vieja de Fabero. Esta torre ha sido recientemente restaurada gracias a la generosidad de la junta vecinal, que tiene intención de seguir colaborando en la restauración de de tan emblemático edificio, cuyo propietario, evidentemente, no es el cura, como dice el comunicado. Asimismo, el Ayuntamiento acometerá en breve con la escuela taller más trabajos de restauración, así como el acondicionamiento de la plaza contigua. Aprovecho aquí para agradecerlo y dar fe de las excelentes y cordiales relaciones de la parroquia con el Ayuntamiento y la junta vecinal, legítimos representantes del pubelo. Respecto a la mayoría de los militantes y simpatizanres de IU, siempre he creido tener una buena relación con ellos, y espero seguir teniéndola. En múltiples ocasiones me he sentido respaldado por ellos, a la hora de defender los intereses del pueblo. Es cierto que, al iniciarse las obras en el templo, he recibido presiones y amenazas minoritarias con respecto a dicha lápida: de unos para que la quitara inmediatamente, de otros para que no se me ocurriera moverla. De ello me hice eco en la Hoja Parroquial con el conocido cuento del burro, el padre, la madre y el hijo... tanto si iban todos, uno solo o ninguno sobre el asno, serían criticados. Por esta razón, decidí someter el asunto al Consejo Parroquial, uno de cuyos miembros es precisamente el único concejal de Izquierda Unida en Fabero. La decisión ha sido salomónica: retirar la lápida de la torre y colocarla en un lugar más discreto. Los nombres de quienes aparecen inscritos en ella pertenecen a jóvenes faberenses que hacían la mili durante la guerra civil, alguno de ellos simpatizantes de la izquierda. Pero no hay ningún inconveniente en que se añadan «los caídos del otro bando». No obstante, no es nuestra intención ahora revolver la historia, aunque se dice que conocerla es la mejor manera de evitar que se repita. Yo, al menos, no deseo, entre otras muchas cosas, que vuelvan a quemar la iglesia ni el archivo civil de Fabero. En cuanto a lo de la honda división entre los vecinos de Fabero, supongo que se refiere más a los deseos de algunos que a la realidad. Si algo tengo claro es que quiero mucho a mis gentes y ellos a mi también. Asimismo, soy consciente de que cualquiera que hubiera sido la determinación sobre el destino de la lápida habría salido en los periódicos, porque nunca llueve a gusto de todos y, sobre todo, de los más intrasigentes. Y si me he dignado a escribir estas letras es para aclarar cosas y evitar que se siembre confusión donde no la hay.

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