Muda de piel
CASI sin darnos cuenta, hemos entrado en un nuevo año. O el año nos ha entrado a nosotros en casa. Imposible resistirse. Mejor así, de lo contrario ya estaríamos muertos o fuera de onda. Hay que dejarse entrar. Que nos entren, a ser posible, por el lado que más nos gusta. No soy supersticioso. O no creo serlo, luego este año, en principio, se presenta igual que el anterior, aunque quizá ahora sea demasiado apresurado para lanzar las campanas al vuelo. Nunca sabe uno, a ciencia cierta, lo que ocurrirá de un día a otro. Quizá convenga no saberlo. Mas a los humanos nos encanta pronosticar y aun adivinar el futuro. Nosotros podemos decidir nuestro destino. Pero hay un final fatídico, o un final sin más, que no podemos saltarlo a la torera. Ojalá pudiéramos saltarnos el final y volver al origen. Así una y otra vez, en un eterno retorno dionisiaco. Nos encantaría conocer nuestro futuro, al menos el futuro más inmediato. Mas el futuro se nos escurre: ese futuro que no está dado en el espacio-tiempo, al menos en el espacio-tiempo conocido. Y por más que algunos se empeñen en decirnos que se puede adivinar el futuro, el oráculo se queda en pura palabrería. Vivamos, pues, el presente y de presentes activos. Y no dejemos para mañana lo que podamos (puédamos, dicen en la tierra) hacer hoy. La vida es breve. El tiempo corre veloz, como un potrillo desbocado, por las praderas del universo. «De joven, todo empieza/ Con sentimientos fervorosos y miras elevadas,/pero el tiempo va desgarrando nuestras ilusiones», escribe Lord Byron en el Don Juan. Byron, aquel cojo sensible, incomprendido y desilusionado, al que ahora volvemos, nos ayuda a reflexionar acerca del nuevo año. Qué sensación de eternidad y plenitud cuando uno es joven. Byron, romántico revolucionario, aventurero y noble poeta, que vivió a fogonazos, tal y como escribió, nos muestra el lado sombrío de la realidad. «Sistemáticamente, y cada año una nueva decepción/ nos despoja, como serpientes, de nuestra brillante piel». Resulta inevitable no sufrir decepciones en este mundo en el que la mayoría de los hombres somos esclavos, sea cual sea nuestro rango, de fantasías, pasiones y demás cosas así. «Hasta la sociedad, que creó la benevolencia,/Destroza lo poco que tenemos. Y no sentir nada/ Es el auténtico artificio social». Ya hemos mudado la piel. Seguimos siendo monos, mas monos mudados, dispuestos a emprender este nuevo año con la ilusión del jovencito que se cree casi invulnerable.