Publicado por
JORGE GONZÁLEZ GONZÁLEZ-ZABALETA
León

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MORALMENTE desolado, siento la necesidad de hace vox populi lo acontecido el pasado 16 de este mismo mes en un bonita rotonda ponferradina por la que casualmente circulaba. Entre el tumulto consigo adivinar la silueta de una persona tendida en el suelo. Auspiciado en mi condición de licenciado en medicina, y bajo la obligación moral me acerco y avergonzado de la realidad humana compruebo que, una vez más, se vasta de una víctima de la violencia de género. ¡Basta ya! Sin más dilación ofrezco mi ayuda. En cinco o diez minutos acuden patrullas de policía y posteriormente una ambulancia, motivo de mi alegato en pro de los derechos de la ciudadanía. Mayúscula es mi sorpresa al observar que del vehículo únicamente desciende un conductor. Y me pregunto: ¿suficiente para auxiliar a una víctima? ¿cómo podría el solo introducir la camilla en la ambulancia? ¿quién prestará ayuda durante el trayecto?... Sin embargo, el asombro sólo hacía que comenzar cuando le solicito un collarín rígido, recibiendo como respuesta que el único disponible es uno flexible que ni siquiera alcanza el tamaño requerido por la herida. En esta tesitura, estupefacto e indignado procuro no pagar mi irritación como el voluntarioso empleado de la concesionario de ambulancias, cuya factura imagino que será abonada con celeridad por el organismo competente. Desde aquí ruego a los lectores que tomen esta crítica como constructiva, punto de partida de una ciudad ávida de mejoras, e insto a los responsables a la reflexión, absteniéndose de vender humo acerca de las bondades del servicio 112. Señores políticos hagan de la mesura y la prudencia su bandera, porque sus palabras podrán ganar elecciones, pero sus actos pueden salvar vidas.

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