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CÉSAR GAVELA
León

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EL BIERZO, tan pequeño, tiene muchas capitales, aparte de Ponferrada, que es capital de todo su mundo verde, azul, blanco, dorado y negro. Y rojo de los castaños en otoño. Decía que hay más capitales y paso revista breve: Bembibre es la capital del alto Bierzo y Villafranca la del Bierzo galaico, y Cacabelos la del vino, y Peñalba capital antigua de la comarca, junto con Compludo; y Carracedelo capital de la hortaliza, y Corullón de la fruta; y Peranzanes de Fornela, y Toreno capital del alto Sil; y Puente de Domingo Flórez del Sil bajo; y Fabero de la minería; y Páramo algo así como capital del Bierzo asturiano; e Igüeña del Catoute; y Oencia del Selmo; y Torre capital berciana de los Montes de León; y Toral de los Vados capital entre ferroviaria y fluvial; y Molinaseca capital jacobea de oriente, que la de poniente es Villafranca, otra vez Villafranca, que además es capital histórica y literaria; y ya Cubillos capital eléctrica; y Las Médulas capital arqueológica; y Noceda capital láctea, y así voy llegando a Vega de Espinareda, que yo creo que es la capital de los Ancares, y de otras tierras anejas, y que es una villa muy grata y crecedera, con un río memorable, prados y chopos a su vera, y el gran premio del convento de San Andrés, con su iglesia que para mí era catedral indiscutible. Y ahora recuerdo, no sé por qué, a un cura de por aquel tiempo que se llamaba don Julián, porque mi memoria de Vega es muy vieja, no en vano retengo que allí fue donde supe, con apenas cinco años, que había muerto el Papa Pacelli, aquel carca Pío XII. Lo supe porque estuve en Vega en el remoto 1958 pasando unos días con mis tíos los Gavela. Jornadas bellas y demoradas, entre desvanes y primas mayores y buenas; y alguna charla con mi tío Manolo, que era el secretario del ayuntamiento entonces. Vega tenía unas niñas para mí las más guapas del mundo, niñas mayores que me llevaban de la mano hasta el río. «Tratadlo bien» decía mi tía Blanca desde el balcón, y me trataban como a un príncipe Letizio, ido y vuelto a la silla de la reina que nunca se peina, y besos y cuentos, y aquellas coletas rubias, y yo que nunca fui tan feliz de niño. Nunca jamás como junto al río de Vega, en aquel otoño del Papa moribundo, días en los que nació mi hermana Belén en Ponferrada, que por eso estuve allí: para no incordiar. Vega de Espinareda, más bonito sería llamarla Vega del Cúa, y vengo en felicitarla porque he sabido que hay idea de poner un parador nacional en el viejo convento andresense, y no habrá lugar mejor.

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