Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EL BIERZO tiene ciento cuarenta mil habitantes y unos setecientos políticos, sumando diputados, alcaldes, concejales, asesores, adláteres y otros cargos misteriosos. Eso significa que en la comarca hay un político por cada doscientos habitantes, lo que viene a resultar insoportable y que es razón más que suficiente para que algún día se aborde eso que tantos temen: la agrupación municipal. La supresión de los ayuntamientos minúsculos, tan bellos como inviables. El Bierzo, piensa uno, no debería tener más que siete municipios, y hasta me atrevo a dibujarlos. Dos serían de capitalidad única: Ponferrada y Puente de Domingo Flórez) y cinco de capitalidad compartida: Fabero/Vega, Villafranca/Toral, Toreno/Páramo, Cacabelos/Camponaraya y Bembibre/Torre. Siete ayuntamientos, que serían más que suficientes para ayudar a las personas, a las empresas y al prestigio comarcal. Pero volvamos a la gran saturación de políticos que vive el Bierzo. A esa gran rueda de profesionales que pululan en el hacinamiento y en la desordenada pelea por un cargo, por un enchufe, por un protagonismo. La exhibición es infame y uno no deja de sorprenderse de esta jauría de preeminencias y de pánicos, de puñaladas y de compañerismo al revés en el que vive el PP comarcal. Es escandaloso el espectáculo que provoca la falta de autoridad orgánica, el empecinamiento, la chulería, la animadversión y tantas otras miserias partidarias que, por otra parte, son por completo ajenas al interés de la ciudadanía. Eso no es de recibo, señores/as. Dedíquense a otra cosa. A la vida privada, a la creación artística, a la lectura o a la salvación de almas. Atiendan mejor a sus amantes, funden ONGs, pasen las tardes junto al vino y la música, y dimitan de esas sombrías reuniones entre militantes, donde todo es división y navajeo. Y lo que digo del PP es aplicable al PSOE, que lleva milenios sin encontrar un líder en Ponferrada, debido a los odios que doscientos políticos locales profesan a otros doscientos; odios recíprocos, desde luego; y a todo esto el único que cada día denuncia un fallo, propone una solución o una quimera, y que está atento a las cosas que pasan, el único casi, es Tarsicio Carballo, quijote de Berlanga (y de otro Berlanga, también, acaso), solitario y austero, enhiesto y víctima de «los cuatro traidores». Pero hay muchos más traidores en la política berciana, muchísimos, y es que nunca se vio mayor plétora de cabezas de ratón. Ni siquiera eso: de ojos de ratón, de orejas, de bigotes incluso. O de la punta de esos bigotes nada más.

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