A Silvia y su colega María
EL PERSONAL está cada día más trastornado. Los locos de atar, con sana apariencia de perversión, andan sueltos por el mundo como si fueran normales. Nadie parece darse cuenta de que están como regaderas hasta que no ocurre una desgracia. Y cuando ocurre alguna, como la que ocurriera hace algunos días en Barcelona con el asesinato de Silvia y María, la población se sorprende. «No, si este muchacho o esta chica, quienes cometieron los crímenes, eran de lo más normal, incluso parecían amables». Pues vale, lo que ustedes digan. Pero si no podemos distinguir a un hijoputa de una persona normal es que algo falla. Convendría quizá fijarse en aquellos con quienes uno se juega la vida porque si te confundes estás perdido. Cuánto bárbaro camina tranquilo por las veredas del crimen gratuito. Cualquier crimen es una aberración. Pero un crimen gratuito es algo que a uno lo saca de sus casillas. Hay que pisar con pies de plomo en este terreno fangoso en el que nos movemos los humanos demasiado bestiales. Nunca el ser humano fue bueno por naturaleza, mas los tiempos asesinos que vivimos nos hacen creer que estamos en una época en la que se mata por matar. Se mata porque hay majaderos que no saben qué hacer con sus vidas vacías. Y tal vez se entretienen haciendo daño al prójimo. Si yo estoy jodido, que se joda el vecino. Esto es más o menos lo que deben pensar estas malas bestias para quienes la vida no vale una mierda. Ni la suya ni la de los demás. La vida no vale nada en esta sociedad podrida, que genera monstruos por el tubo sucio de un vertedero. Hay individuos capaces de matar por darle marcha al cuerpo, acaso por dar sentido a una vida que es de por sí un sin sentido y un sin seso. Los tiempos asesinos y consumistas que nos ha tocado soportar alientan ese modo de vida estúpido que sólo los cafres son capaces de llevar. Algunos ya no se divierten con sexo ni siquiera con drogas. Necesitan algo duro. Necesitan degollar a quien pillen en el cruce para saber que aún pueden chingar. Es una lástima. Pero la realidad y/o irrealidad que nos venden, eso sí bien empaquetada, es así de brutal. La falta de deseo produce monstruos. Y es que cuando el diablo no tiene que hacer, o bien no sabe qué hacer, se dedica a torturar, violar, matar. No se puede uno fiar ni de su sombra porque incluso la sombra, ese ego desdoblado y esquizofrénico que a algunos tanto les aflora, acaba volviéndose atroz. En cuanto bajas la guardia, te la pueden clavar.