| Obituario | Ignacio Linares | OPINIÓN
Amigo, maestro, hermano Lo que Cito nos daba
Con Yolanda en un acto público en La Obrera
Aquí nos hemos quedado, Ignacio, tristes como un pueblo vacío, desconsolados como un domingo sin sol, huérfanos como un cauce sin agua. No es más pequeño nuestro dolor por la inevitabilidad del hecho, pero sí nos agrada saber que antes de marchar todavía tuviste tiempo de andar enredando por las antenas del Pajariel, que lo tuyo es un no parar, Cito, y fue morirte y cortarse la emisión, ponerse de luto las ondas «bercianas» que, al fin y el cabo, tú inventaste en esta tierra, hoy más melancólica que nunca. Ya sabes que yo tengo el convencimiento de que la voz convertida en onda por un fenómeno físico que te cansaste inútilmente de explicarme seguirá por ahí, flotando en algún lugar del espacio para que algún día la tecnología puede recuperarla y nos devuelva casi en directo aquella entradilla de informativos con la que crecimos: «Buenas tardes Bierzo, Laciana, Cabrera, les habla Ignacio Linares desde...» Pero mientras esperamos por la ciencia, siempre nos quedará el milagro enorme de la memoria y el cariño que nos obliga a mencionar tu inagotable capacidad de trabajo; tu optimismo vital y contagioso; tu entusiasmo por el periodismo entendido como oficio y servicio y tu entrega religiosa a él; tu ingenio incansable que convirtió al Mago Chalupa en el referente infantil de varias generaciones; tu humor socarrón («todo lo que gano me lo gasto en mujeres», sostenías siempre cargado de razón); tu cintura para manejarte en las distancias cortas de la política en aquellos tiempos de la transición, tan lejanos y que tanto necesitamos recordar entre el griterío insensato de la actualidad nacional; tu generosidad para con los indocumentados «juntaletras» que nos acercábamos a ti en pantalón corto, llenos de mocos y de esa soberbia pedante y tontorrona que se quita con la edad... El caso, Cito, es que me toca hacerte un encargo. Allá donde estés, búscanos una buena taberna donde comentar a gusto los chascarrillos del pueblo, frente a un vino joven de esos «que no tienen química ninguna», en la que podamos acabar echando al aire unas coplas, intentando inútilmente seguir esa voz tuya de solista ruso, sin temor a que nos caiga la bronca de los municipales. Amigo, maestro, hermano: haznos este último favor y tenlo todo preparado para cuando nos volvamos a ver. LO que más me llamaba la atención cuando iniciaba mis prácticas periodísticas era como todo el mundo, todas las fuentes informativas, acudían a Ignacio Linares para ponerle al tanto de la actualidad que luego él despachaba con su eternamente eufórico: «Buenos días Bierzo, Valdeorras, Laciana, Cabrera». «¿Pero qué les daba a todos aquel hombre?», me preguntaba. Con el tiempo y el roce, Linares se fue convirtiendo para mí en Cito. Pero yo me seguía preguntando aún qué le daba a la gente ese Ben Bradley, ese Conkrite de las ondas bercianas; y a la vez me maravillaba porcómo atendía con sonrisa idénticamente fetén tanto al humilde como al rey de la plutocracia local. De cómo sobrellevaba una popularidad que se extendía al 99,9% de los bercianos. Una vez, no hace tanto, Cito salió con su penúltimo modelo de bici de montaña. Iba enfundado en uno de esos maillot ultramodernos; con un casco espectacular y unas gafas high-tech que ni las de Lance Armstrong. Bajando del Morredero como un relámpago apenas si se distinguían sus labios entre el modelito. Entonces un pastor comenzó a hacerle señas con la cachaba al borde de la calzada. Cuando ya estaba a punto de detener la bici para ver qué le ocurría, el hombre le gritó: «¡Adiós, señor Linares!». «¡Chico!», me siguió contando con su habitual desparpajo, «es ni que aunque me vista de lagarterana». «¿Qué les daba?». Nos regalaba cariño. Cariño y calor con ondas. Vamos a devolvérselo. A Yoli, a sus hijas... En nuestras calles, en el Museo de la Radio, en los medios, en nuestra memoria.