Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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LA PALABRA Ponferrada es un puente. La ciudad de Ponferrada, otro puente. Y se me ocurre ahora pensar que los que nacimos en Ponferrada deberíamos vivir siempre como si estuviéramos en un puente. A medio camino de una orilla y de la otra, de la realidad y de la ficción, acercando las tierras y las personas, las ideas y los sueños. Acercándonos al centro de nosotros mismos, y no me refiero a cultivar la codicia, sino, a enriquecer nuestra vida interior. Ponferrada tiene muchos puentes, pero sobre todos, uno. El que mandó construir Osmundo, aquel obispo que no sabía que, a la vez, estaba fundando una urbe. Yo cuando paso por el puente de la Puebla siempre me acuerdo de esos orígenes. También de Osmundo. Lo imagino del lado oriental, en la margen izquierda, con el hisopo en ristre, bendiciendo la pasarela, rodeado de gerifaltes de Astorga y de una banda de peregrinos Celebrando el abrazo con la otra ribera, que es la del ocaso y el océano. Cada ponferradino tiene una historia para cada puente de la ciudad. Un tiempo guardado al pie de la más bella metáfora que ofrece la arquitectura civil. Si a mí me preguntaran qué me dice cada puente de Ponferrada contaría que el de hierro me le dice todo. El puente de hierro, que tal vez nunca fue de hierro, me habla de los ponferradinos de todas las generaciones, de todos los siglos. E imagino que siento el rumor de sus vidas, de sus anhelos e infortunios cuando paso por allí. Y si el puente de hierro condensa la historia, el viaducto me habla de historias sentimentales, muy íntimas: de noches con amigos y guitarras, también de novias y risas bajo la majestad del castillo.... El puente del ferrocarril me sabe a aventuras adolescentes, a peligros locos, a la emoción de que el tren nos sorprendiera en sus aledaños. El puente de los faraones evoca mis regresos al Bierzo, a una ciudad que ya era otra. Y como no me olvido del río Boeza, su puente Mascarón me sabe a expediciones de niños y jóvenes rumbo a viñedos y aldeas. Y dejo para el final el puente que no existe, pero que existirá: el gran vado lujoso aguas arriba del Sil, con su gran arpa de acero blanco, y cuya primera piedra acaban de poner. Será el gran puente de una ciudad que triunfa, y me parece muy bien que triunfe, siempre que no olvide su origen caminero, humilde y abierto. Con esa memoria viva, miraremos también al río desde otro balcón. Porque mirar al río, como dijo Heráclito, también es un mirar a la vida y al tiempo.

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