Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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LA IDEA de «persona» debería sustituirse en la actualidad por la idea de «máscara» o «disfraz» porque hay personas que esconden, a veces bajo una sana apariencia, múltiples rostros. El carnaval continúa. Vivimos tiempos de máscara. La máscara como sustancia y realidad teatral. La mascarada y el mal teatro se han adueñado de nuestras vidas. No se imagina uno a un político sin máscara, mas que nada porque este no tendría mucho futuro. Para ser político, y ejercer como tal, hace falta tener muchas máscaras. No basta con tener una sola. No sería suficiente. Hace falta tener muchas conchas, incluida la concha su madre. «Este elemento tiene más capas que una cebolla», decimos cuando nos referimos a algún embaucador. Si a algunos políticos comarcales, y aun a otros provinciales, se les cayeran las caretas tendrían como un aspecto sombrío que al verlos nos echaríamos para atrás del asombro que nos producirían. No será menester nombrarlos aquí, entre otras razones, porque no se lo merecen. Ya chupan bastante cámara, y riadas de tinta impresa. Y por lo demás están en el inconsciente colectivo y el subconsciente individual de los lectores. Para «triunfar» en este mundo hay que estar desdoblado y travestido. De lo contrario, si intentas mostrar tu yo auténtico, tu esencia, acabarás con toda seguridad en la cuneta, aparcado cual trasto viejo, o silenciado en algún «frenopático». Quien triunfa no es sólo el político que le echa rostro y arrestos a la vida, sino el farandulero que, enfundado en mil y una máscaras mortuorias, envuelve a la masa con sus arengas enrevesadas y sus discursos vacíos. Ni moral ni filosofía ni compromiso con la realidad. No hay más que echarle un vistazo al panorama actual. Veréis esquizofrénicos y travestidos en casi todos los programas de televisión. La fauna carnavalesca se ha instalado en el «star system» cotidiano. Hace gracia, divierte a los cretinos, y acapara el interés de una buena parte de la población. Y el niño, que es fácilmente moldeable, en vez de estudiar y jugar a ser libre e instruido, aspira a convertirse en un fauno más de este carnaval «catódico» y apostólico. Ya no dice que quiere ser médico o abogado como antaño. Lo que le mola es salir en la tele con la máscara de la desfachatez a ponerse las botas sadomasoquistas de la realidad. Bien calzado y enmascarado se lanzará al ruedo, cuando sea mayorcito.

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