Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HACE unos días murió Manuel Samprón. Era un hombre querido en Ponferrada. Educador durante muchos años (hasta que una enfermedad cardíaca le impidió continuar su labor), era conocido por su vinculación a la Deportiva, ese mito civil que todos los ponferradinos llevamos tan adentro. Para mí la noticia fue una triste sorpresa. porque había sido vecino de Manuel Samprón. Una vecindad que duró solo un curso escolar, allá por el año 1967/68, cuando teníamos 14. Samprón vivía en el cuarto frente al mío en el colegio de San José, de La Bañeza, antaño un seminario para jóvenes rurales (y algún extraño muchacho urbano como yo), y que hoy es un inmenso y necesario centro de mayores. Venerables paisanos que ven acercarse el fin entre misas y susurros, encinares al fondo, y puestas de sol sobre esos encinares tan románticos que guarda la Valduerna y que pocos leoneses conocen porque la tierra es infinita, y la provincia de León también, sin ir más lejos. Manuel Samprón era un adolescente bondadoso, con algo de persona mayor. Sensato, aceptador de las bromas que nos gastábamos entonces, era dueño de una paz interior grande, muy impropia de aquellos años de torbellinos emocionales, tan malamente resueltos en el entorno severo de los claustros católicos. Samprón era un chico afable que había venido del valle del Valcarce, una remota región de la diócesis que tenía poca presencia en el alumnado de los colegios confesionales del Órbigo, la tierra del olor a la remolacha, la de los ríos verdes y marrones, la de los grandes árboles blancos en la ribera. A Manuel Samprón ya entonces le gustaba el fútbol. Pero con el balón era de los poco dotados, como yo. Otro compañero desastroso en este deporte, creo que nunca supo las normas, fue nuestro común amigo y brillantísimo alumno Máximo Álvarez, desde hace muchos años párroco de Fabero. Un día disputamos un partido de fútbol los malos de quinto curso contra los buenos de primero. Nos ganaron de calle. Recuerdo que Samprón jugaba de defensa izquierdo y yo de derecho. Los minúsculos extremos rivales nos desbordaban siempre. Máximo Álvarez, que ni siquiera jugó, entonaba canciones de ánimo con música de la Iglesia desde una grada que era el techo de una bodega. Fue una mañana de risas sobre el campo leonés. Poco después llegó el final del curso y ya nunca más volví a ver a Manuel Samprón. Pero bien he conocido que siempre fue un hombre honrado y bueno. Sencillo y sonriente. Contento de vivir.

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