Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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He pasado tres días en uno de los Bierzos más bercianos, en el reino de lomas y valles que rige el Castro de la Ventosa. Bierzo romano y vinícola, muy verde y a ratos rojo. He venido al Bierzo a escuchar las palabras primordiales, como todos los que andamos por ahí fuera, y a la vez por aquí dentro. Pero en un adentro que es diferente: que sólo te ofrece el Bierzo -como todo país- si estás lejos. El Bierzo tiene esas cosas: a los que viven aquí les da luz y calor, niebla y vino, agua y tiempo, y a los que vivimos lejos nos manda recados cada día. Yo también vivo en un Bierzo que llega a Valencia cada mañana. Un Bierzo que sólo habita en mi cerebro. Un Bierzo que no es nostalgia, nunca lo fue. Pero sí memoria. Ese Bierzo son infinitas imágenes. E infinitas voces. Personas que pasan por ahí, algunas creí que las había olvidado hace mucho, pero vuelven. Es un desfile misterioso. Una soledad que no podría sentir en el Bierzo. Porque un Bierzo y otro chocarían a cada paso, me haría un lío con todo y, a la postre, el Bierzo de las noticias y la realidad se llevaría por delante al otro, que tanto me ofrece. Tal superposición no existe a 750 kilómetros de distancia. Allí (aquí) los dos Bierzos se respetan, cada uno en su lugar. Y aunque gana el de la memoria, el otro resiste bien, resignado a su papel secundario. Ese papel es el de las noticias y las muertes; el de las obras públicas, todo eso. Pero, ya lo saben, yo me entrego al otro, le escucho con una emoción rara. Y de ahí, a veces, salen palabras, frases, libros incluso. Acaban saliendo. ¿Y qué pasa cuando vengo al otro Bierzo, al del tiempo que transcurre implacable? Pues pasa que se produce una grata sensación de perplejidad. Sucede que el Bierzo que más me atañe, el anterior a 1974, se inserta, como puede, en el Bierzo nuevo. Y muy en particular se inmiscuye en la Ponferrada de hoy, ciudad muy urbana ya, y con tantos horizontes por delante. Y lo cierto es que se llevan bien los dos Bierzos. Pero esa armonía sólo puede durar, cuanto menos, mejor. Porque hay que vivir lejos si queremos que los dos Bierzos acaben perdurando. En estos días, he podido observar a los dos Bierzos, cara a cara. Lo hice desde Villafranca, espléndidamente tratado por su alcalde Vicente Cela y por la concejala de Cultura, Conchi López. Desde un paisaje de vides y piedras, ríos y praderas, y con el privilegio de hablar tantas horas con Antonio Pereira, presencié el transitorio y fecundo diálogo de los dos Bierzos.

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